Evidencia descartada

-¿Qué hace un escritor que no tiene quien lo lea?.
-Subir sus textos a Internet, abrir un blog, y crear un avatar en Twitter para influir en la opinión de los demás.
-Lo dice usted ahora, en estos tiempos, pero ¿cómo era hace 20 o 30 años?
-Cuando usted ni yo leíamos. Bueno, usted. Si no contaban con la posibilidad de destacar en un periódico local, o de costear su propia impresión, tenían el recurso de dictar cátedra en un salón.
-O fotocopiar sus cuartillas y distribuirlas, digamos, en las colas de los cines.

Jaramillo era un hombre de preguntas intempestivas. Un observador consideraría sus salidas como el delirio de un excéntrico; González, su opuesto, las formulaba después de recorrer un sendero de dudas y recolección de indicios. También, su tono le distinguía, por lo que sus superiores le prestaban más atención que a Jaramillo, a quien reprochaban sus arranques porque, aparentemente, carecían de fundamento. El papel del incomprendido ajustaba con su personalidad, sin embargo, no le daba juego. Ejercía una especie de revancha simbólica cuando entregaba las carpetas con los casos resueltos: impecable en la formulación de los motivos, estricto en la correlación de evidencias y argumentos.Nadie quedaba indiferente cuando Jaramillo daba una investigación por cerrada. Pero esto no lo redimía en los afectos de quienes detentaban el poder; el efecto era contrario a lo esperado, llegando, incluso, a retener los resultados para no favorecer a Jaramillo en su carrera. Fueron muchas las ocasiones en las que se asignaron investigadores externos a los casos para, al final, llegar a las mismas conclusiones. En un principio, la asociación entre González y Jaramillo estuvo mediada por la impresión de ser aquel un palo en la rueda para éste. Fueron los resultados obtenidos los que establecieron una confianza a toda prueba entre ambos.

Fueron unas cuantas semanas en las que Jaramillo entró al despacho con los walkman puestos. González no desaprovechaba la oportunidad para subrayar el postureo de su colega.

-Los noventa fueron hace quince años.
Luego, Jaramillo los ponía sobre el escritorio, sacaba el cassette para guardarlo en una chuspa.
-Tengo la impresión que nadie ha digitalizado el audio.
-A menos que usted lo esté haciendo por su cuenta, pocas personas conocen de la existencia de ese registro.
-No lo digo por mí, sino por los acólitos.
-Tranquilícese: hasta ahora eso no ha ocurrido. No está colgado en algún foro, ni los sospechosos tienen conocimiento de esa grabación, Jaramillo. Razón por la que le pido, encarecidamente, sea cuidadoso.
-No se preocupe por ello, González. Me inquieta que estemos observando un pequeño ángulo, no la totalidad del cuadro.
-¿Lo dice por los "vaticinios"?
Jaramillo asintió, sorbió un poco de tinto frío y sostuvo la mirada de González.
-Aunque hayan pasado cinco años, no deja de inquietarme esa voz registrada en la cinta, también las fechas y la convicción con la que anuncia sus predicamentos.
-2022 está un poco lejano, Jaramillo.
-Tan solo 6 años... y son 6 del acontecimiento anterior.
-Una de sus amadas sincronías.
González se levantó para ir por agua. Miró de reojo a su compañero.
-Entiendo su preocupación: la única forma de socavar una creencia es haciéndola insostenible.
-Vírica-replicó Jaramillo.
González señaló el portátil.
-Instrumento de manipulación masiva.
Jaramillo movió la cabeza con hastío, sabía que González estaba ejercitando la ironía de una manera poco condescendiente para un miércoles en la mañana.
-No es la máquina, somos nosotros. ¿Recuerda la historia del hombre que repartía cuartillas a la entrada de los cines? ¿Allá por el 86?
González bebió el agua del termo. Luego bajó la pantalla del portatil.
-Sé que, para usted, él fue un incomprendido.
-Más que eso: un adelantado.
-Alguien que afirmaba la llegada del imperio Rigel para 1993, no debe considerarse un adelantado.
Por primera vez, Jaramillo sonrió.
-A la distancia, el episodio tiene una sensación de parodia, dada la multiplicidad de acontecimientos que ocurrieron a final de siglo. La historia lo descartó porque su contenido inminente nunca se cumplió. Al no prestar atención a su llamado, hemos ignorado que ciertas fuerzas ejercen una acción sutil sobre la percepción de los acontecimientos.
-Es una línea muy sutil que usted pretende violentar, Jaramillo.
-No fui yo quien lo hizo, González.
-¿Cree usted que lo de Pozzetto está relacionado con el hombre de los volantes?
Jaramillo se levantó de su escritorio, tenía el walkman en su mano y la chuspa con el cassette en el bolsillo de su chaqueta.
-Quien sustrajo el volante de la ropa del occiso, sabía lo que estaba haciendo.

González vio a su colega cruzar la puerta del despacho. Aún no era mediodía, pero seguía siendo 31 de diciembre de 2016.


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