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Destino de la impostora

Desoir las advertencias fue una constante en la vida de Luisa.

Le venía de niña, aunque ella afirmó en mas de una ocasión que su necesidad de trascender era innata, y no el producto de las condiciones sociales de su época. Por lo que, mientras sus compañeros cultivaron un talento con miras a un futuro sin incertidumbre, ella empeñó sus esfuerzos en pulir lo que era rebeldía para construir esa imagen de líder que infundíó esperanza en sus seguidores.

Interpelada en cientos de entrevistas sobre su labor, Luisa nunca dudó de sus acciones. Las vinculaba con el destino común de sus millones de seguidores, con lo que apelaba a mantener un sentido de comunidad que inspirara a miles más a unirse a sus causas, algunas a contracorriente del espíritu de su época, del que ella, en meditaciones nocturnas, elaboraba reflexiones profundas y con un acento de invocación para recordar que, sobre todo, las acciones debían realizarse en el presente que habitaba la humanidad.

Sin embargo, hubo ocasiones en que la asaltó la inquietud sobre las consecuencias de sus actos. Eran momentos de vacío en los que la urgía determinar el impacto que sus luchas tenían sobre su vida. La mortificaba el sentido de urgencia: asumir las causas como si estuvieran destinadas para ella, llevarlas hasta el límite y luego abandonarlas para pasar a otras, más grandes, más radicales, en un círculo virtuoso que demandaba más declaraciones, imágenes y acciones contundentes. Muy temprano descubrió que su accionar estaba motivado por la soberbia de quien se descubre rechazada en una negativa o en el insistente golpear de una puerta cerrada que franquea el paso a alguna parte. Ya no había negativa suficientemente poderosa que lograra hincarla o puerta que no estuviera abierta. Descubrió que el sentido de su lucha era insostenible e inajenable, como el de quienes la precedieron, como el de los que la seguirían. Pero que, tal vez, no era el suyo. Como respuesta a esa incertidumbre, sus acciones adquirieron un matiz oscuro, que provocó el rechazo de algunos, pero que a ella le tuvo sin cuidado. hasta sus últimos momentos.

Desoir las advertencias fue una constante en la vida de Luisa.

Lo comprobó cuando sintió los impactos contra su pecho. Pudo contarlos, pero creyó que eran pocos: uno o dos más hubieran cimentado un legado sin discusiones para la posteridad.

Dos muertos

-¿Por qué a mí?-Clamó la víctima, de puntillas sobre un banco.
-Los caminos del señor son misteriosos-Respondió el asesino.
El bruto, en cuyas manos estaba la soga que amarraba al cuello de la víctima, estornudó.
-Sí es así, ¿por qué no me mata de una vez?
-Todavía no es momento-Respondió.
...Para su infortunio, el bruto estornudó por segunda vez. Con su fuerza tensó la cuerda que quebró el cuello de la víctima. Fue una muerte inmediata. Luego amarró la soga a un poste y encaró su destino.

Big Crunch

Cuando necesito conectar con mi vida, sentir la fuerza de un propósito emancipador, poderoso, revolucionario y caótico, abro un cuaderno al azar, empuño el bolígrafo y comienzo a pergeñar frases y párrafos sobre la hoja en blanco, hasta que, poco a poco, y por la fuerza de gravedad del agujero negro contenido en el cuaderno, son engullidas sin dejar rastro. Como mi vida, sin sentido. Desaparecidas.

#BatmanDay

Creemos que la soledad de Bruno Díaz es nuestra, hasta cuando descubrimos que el dolor autoinfligido no evita el insomnio.

Titulares imposibles

Cansados del estereotipo promovido sobre ellos por la industria del porno, actores afro han iniciado un #MeToo por la reivindicación de sus derechos.

Mal del siglo

La muerte del amor fue anticipada por la técnica, cuando los programadores, en un rapto de lucidez, implementaron el modo oscuro en los teléfonos.

Un bucle infinito

Sin pausa, el bot transita por teras de información en busca de un rastro que conecte su recorrido con la estela de una vida anterior, intuida, sin cifrar.

Olvido eres y en olvido te convertirás

A punto de concluir su novela, el escritor recordó que no tenía título para ella. Había indicios diseminados en los capítulos de la obra, pero aglutinarlos en una oración era una labor traumática después de años de convivencia con protagonistas, antagonistas, escenarios y tramas. Estaba tan exhausto que, al llegar al punto final, se desvaneció ante la plantilla abigarrada de carácteres que él había escrito a lo largo de su vida.

Lo que no sabemos de los gatos

Ante una caja de cartón, los felinos se apellidan de Schrödinger. Incluso Smudge, cuya repulsa a las verduras lo hizo viral.

Dilema IA

A perpetuidad, chatbots conflictúan por el término «sustantivo».

Vigilar y castigar

Flagelada por las notificaciones de su celular, cuyos filtros evocaban paraísos inaccesibles, LouLou estrelló el dispositivo contra la pared.

Sin embargo, la sensación de abstinencia no era acuciante. A lo mejor, aún no estaba desarrollada en su totalidad y aparecería, a la manera de cristales rotos incrustados en la piel, cuando ella se preguntase por el destino, comprimido en notificaciones coloridas, de sus amistades.

Lo que inmediatamente ocupó la mente de LouLou fue discernir que la privación era un ejercicio con distintos niveles de angustia. Comprendió que su vida era un episodio fútil sin la conexión que le otorgaba el dispositivo.

No quiso imaginar escenarios futuros.

Al igual que su libertad, el celular, roto en pedazos en el suelo, era irrecuperable. Quiso gritar pero supo que no hallaría eco en la cámara de vacío en la que se hallaba confinada.
Tal era la fuerza del panóptico, su gravedad e imponencia.

Skywalker Buendía

Asociamos la épica al prorrumpir de bronces y timbales, no al leve sonar de arpas y flautas.
La desconoce el joven señor Sith, quien no transije en su empeño de sembrar estrellas de la muerte a lo ancho de la galaxia. También omite el sentido su oponente, quien emplea su atención en comprender el haz de luz en sus manos. Sin embargo, el maestro Jedi la conoce e intenta transmitirla, de manera infusa, a ambos. La aprecia el rebelde coronel, quien emplea los restos de su furia en enhebrar hilos de oro en el vientre abierto de los peces muertos que bajan por el Magdalena. Entre ellos conversan y ninguno se entiende: es ruido el sonido de sus palabras.
La épica suena a espíritu adolescente.

Sueño en fotones

Preferiría habitar Mercurio antes que Marte. Tengo un vínculo atávico con el calor, pese a ser un hombre hueco cuya mayor parte del tiempo durmió en los páramos. El paisaje mercuriano, abrasado a perpetuidad, sería hogar. Perenne yacería, bombardeado por la radiación solar, sin acuíferos ni otras elaboraciones. Irradiado, atestigüaría lo que en su delirio vislumbró Ícaro. Pero nunca caería por la impertinencia, sería castigado cuántas veces sean necesarias. No habría sombra. Tampoco piedad.
De lo que no se puede hablar, es mejor callar.

Advertencias no escuchadas

«Tu escritura NO evoluciona porque rechaza los cambios»
Directo, mirándome a los ojos, con una expresión desconocida para mí hasta ese instante.

Llegó como suelen acontecer los asuntos dignos de ser narrados: de improviso, en el sueño.

La rueda de Chicago

No cuento con otro nombre para llamar a esa monstruosa atracción de feria, cuyas formas y esencia están contenidas en el arcano 10 del Tarot, cuya sola presencia en una tirada infunde optimismo en quien la interpreta. Así como sube, así baja, reza su significado.

En la rueda de Chicago, unos están arriba, otros abajo. Por un movimiento del torque, el panorama cambia para sus ocupantes: para unos es panorama celestial, mientras otros labran entre las rocas. O sus contrarios. Sin excepciones en su implacable lógica binaria del girar y girar.

La vida, a la que demandamos la realización completa de nuestras demandas, opera bajo ese sino. Ante la rueda de Chicago, mientras las almas claman por subir o bajar, me detengo. La risa del operario me revela una conexión con aquel que está detrás de la carta, allende a todo significado. La vida, de nuevo, como su dominio, es un parque de diversiones del que disfrutamos del azúcar y la desesperanza.

He descubierto algo

Tal y como la conozco, mi vida, es una invención cuyo dueño es desconocido para mí.

Si usted cree en los sueños, debe saber que la respuesta al interrogante que nos hacemos todos, la causa de nuestros desvelos, surgió, precisamente, en uno, profundo, incómodo, del que no quería despertar, para aprehender la totalidad de los detalles, y así, cuando regresara a la lucidez, tuviera una respuesta contundente, inútil para cualquiera menos para mí, con la que guiaría mis pasos por el resto de mis días.

Pero no fue de esa manera. No hubo respuesta durante el sueño, tampoco alguna articulación poderosa que disipara el miedo que surge a medida que corren los días sin sentido de la madurez. Solo caos. Descubrir que esta vida, la única que tengo, tiene ramificaciones que no habito, y a las que no tengo acceso, es frustrante. Asistí a cada una de ellas en el trayecto de un sueño. Un escenario por el que pasaba una vez y otra, pero que me resistía abandonar. Fue rápido vistazo del paisaje. Recuerdo el ruido negro, tan solo comparable con el que nos devuelve el universo cuando las antenas indagan en sus entrañas, abarcando con su presencia el espacio en el que estaba. Desperté aturdido, sin congojas.

De la percha había caído un sombrero. No tenía nada qué pensar en ese momento.