De pajas y fetichismos

En una de sus columnas publicadas en Libération y luego compiladas en Un apartamento en Urano, P. B. Preciado relata haber descubierto "con sorpresa", al leer sus diarios, a una Virgina Woolf más preocupada por su atuendo que por las huelgas de mineros que entonces agitaban a Inglaterra; inquieta por la venta de sus libros y no por la violencia de la policía londinense contra los trabajadores ferroviarios movilizados; atribulada porque alguien le dijo que no estaba guapa pero incapaz de reflexionar sobre los conflictos económicos y políticos que desatarían la guerra solo unos pocos años después. Pero ¿por qué habría de sorprendernos esto? La apatía política de Woolf, a lo sumo, choca con nuestro imaginario ilustrado que, contra toda evidencia, nos quiere hacer pensar -a nosotros, buenos letrados- que eso que unilateralmente llamamos cultura y conocimiento de alguna manera constituye una garantía del bien. En cualquier caso, sí que debemos dejarnos interpelar por la pregunta que se hace Preciado en leyendo los susodichos diarios: "¿por qué es tan difícil estar presente frente a lo que sucede?".

Ayer M. Vidov me compartió por chat una animación (https://twitter.com/malbuena/status/1263874412652171264?s=19). En ella vemos en simultaneo, dividida la pantalla en dos cuadros, la cotidianidad de dos hombres: uno duerme plácidamente en una amplia cama, solo, usando un tapaojos, mientras el otro no puede conciliar el sueño, recostado sobre periódicos, con un bebé sobre su pecho y arrumado con varias personas más; el uno se ejercita en su máquina de correr, el otro recorre las calles descalzo, fatigado, cargando a sus hijos; uno come suntuosos platos y postres, el otro, un poco de arroz, alguna galleta y bebe agua estancada; uno se queda sin conexión a internet, el otro sin un peso en la billetera, etc. Me dice Vidov: "comparto este video en el chat de la casa: 'ah, pero eso también es como para hacerlo sentir mal a uno con lo que tiene gracias al trabajo'". No me contó Vidov qué contestó, ni sé qué habría respondido yo.

Sé, sí, que no podríamos llevar estas vidas pequeñoburguesas nuestras sin eso que Zizek llama negación fetichista: "Lo sé, pero me rehúso a asumir completamente las consecuencias de lo que sé, para poder continuar actuando como si no lo supiera". Estar presente frente a lo que nos sucede es tan difícil porque si lo estuviéramos, sencillamente, no podríamos seguir viviendo igual. Antes que reafirmar y justificar nuestra inocencia (o nuestra no-culpabilidad) diciéndonos que nos ganamos la vida -porque podemos, por lo demás- decentemente y con trabajo, ¿no sería en cierto sentido más ético reconocer que, mientras nosotros y los nuestros estemos bien, sean quienes sean los que contemos entre ellos, lo demás no nos importa y que no queremos que nos lo echen en cara? ¿No es preferible la apatía, sincera y superficial como pueda ser, que una pose política hipócrita y afectádamente comprometida y crítica? Pero el cinismo es demasiado fácil...

Como quiera que ello sea, tenemos que recordarnos que, muchas veces, cuando el dolor ajeno y la injusticia nos conmueven no hay en ello más que un acto masturbatorio. Hasta para eso (¿o sobre todo para eso?) necesitamos mayor sentido ético. Al refrán que dice que peor que facho convencido es un comunista arrepentido, deberíamos añadir que un izquierdista pajuelo no es mejor que un burgués impertérrito.


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