Sin-sentido común (octubre 11)

Dos hechos marcaron la agenda noticiosa de la última semana. Primero, la confesión de los excomandantes de las antiguas Farc de que habrían sido ellas quienes mataron a Álvaro Gómez Hurtado. Segundo, el levantamiento de la medida de prisión domiciliaria a Uribe por parte de una juez de garantías que le permitirá, al menos por ahora, continuar su defensa en libertad. En ambos casos la legitimidad e independencia de la justicia están en el corazón de la discordia.

Aunque es razonable y necesario cierto escepticismo respecto a la confesión de la Farc, hay sectores de la derecha que, por principio, no parecen estar dispuestos a aceptar ninguna investigación que arroje un resultado distinto a que fue un crimen del regimen narco-gerrillero de Sámper, como lo pusiera Fernando Londoño en una de sus editoriales de los últimos días y sugiere María Isabel Rueda en su columna de hoy en El Tiempo. Menos aún, si tal esclarecimiento lo hace la JEP.

En cuanto al caso de Uribe, aunque la decisión de la jueza de ninguna manera cuestiona la legitimidad del proceder de la Corte mientras el proceso estuvo en su jurisdicción, sus seguidores han presentado su libertad como prueba inequívoca del prevaricato de los magistrados de la Suprema. Y, por supuesto, tampoco aceptarán fallo distinto a la absolución del caudillo. Por lo demás, el fiscal Jaimes -por si alguien tenía dudas- ha dejado claro que se sumará a la defensa de Uribe, luego a lo mejor por este frente ni necesidad tendrán de desacatar.

La extrema derecha colombiana, cada vez con más desenfado -si cabe decir (y es mucho decir)-, muestra su falta del más mínimo escrúpulo democrático y su completa insumisión frente al poder judicial. Opera a este respecto bajo la misma lógica del chiste ese de "mi novia nunca llega tarde, porque si llega tarde ya no es mi novia". Como principio, en efecto, clama: la justicia está de nuestro lado, porque si no lo está entonces no es justicia.


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