Ars moriendi, caballero
April 9, 2026•662 words

Joven escudero, ¿acaso no ansías la buena muerte? ¿acaso no deseas la muerte de Juan de Bohemia? ¿acaso no le rindes el respeto a ese caballero ciego y muerto como lo hace el Príncipe Negro? Fue tras la batalla de Crécy, allá por 1346. Victoria decisiva inglesa sobre los franceses. El Príncipe Negro, Eduardo de Woodstock, rinde respeto y honor al rey Juan de Bohemia, enemigo y aliado de Francia, caído en batalla. El rey llevaba una década ciego, pero pidió a sus caballeros una última carga, «dar al menos un golpe con su espada». Ataron las riendas de sus caballos entre sí y cargaron, muriendo el rey en la refriega. Qué muerte más noble.
Qué pensamientos le rondarían al Príncipe Negro, observando en silencio la buena muerte de su adversario. Y es que, el caballero cristiano tiene un carácter de paladín, que los siglos han impregnado de religiosidad. Debes convencerte -como ellos, joven escudero- que la vida es un constante batallar, una incesante guerra que poco nos deja descansar. La guerra es feudo de hombres, y de gentiles caballeros como en el que te has de convertir. No sólo un propugnador del bien, sino un procurador.
La grandeza de la orden proviene de su servicio a las causas justas, que en última instancia son las causas de Dios. Desprecia lo mundano y lo perecedero. Abraza la virtud, el valor y la religión. Toma conciencia de tu orden y te convertirás en un caballero valiente y arrojado. El valor y el coraje te encontrarán, en adhesión a la Santa Causa, y serás gallardo y altivo. Toma tus decisiones obedeciendo a los dictados de tu estado, y olvida los cálculos de posibilidades de éxito y la productividad insana que imperan hoy.
¿Y cuál es la más alta causa sino el encuentro con la muerte? Toda tu vida de caballero será la preparación para tu muerte, el servicio a esta dama, a la que has de cortejar con dignidad. Una buena muerte es el mayor regalo que Dios da a un caballero cristiano. Nuestra religión, es religión de muerte, nuestro Señor mismo se ha entregado a ella. Medita tu propia muerte o vivirás engañado, la vida pasa como un vapor, todo acaba, y sólo lo que hayamos hecho por Cristo permanece. Que diría Alfonso María de Ligorio. Prepárate a morir, joven, prepárate a desposarte con última y más exigente de las señoras. «Nuestras vidas son ríos que van a dar en el mar, que es el morir. Allá van los señoríos prestos a se acabar de consumir» que diría Jorge Manrique.
La gloria del mundo y la vanitas es sólo humo, busca la virtud, la lealtad, el valor y la justicia, que con ello te presentarás ante el Juez Severo; tu moneda para Caronte será tu espada, con la que has muerto defendiendo al débil, al anciano y a la dama. Le presentarás tus cicatrices mientras navegas el Estigia, le mostrarás tu templanza al recibir la lanza enemiga. Y como los caballeros moribundos que, en lugar lamentarse, sonreían y recitaban canciones -que describían los cronistas medievales- cantarás en el Hades a Cristo, que ha muerto y ha resucitado. Y como el rey Théoden, podrás decir orgulloso «mi cuerpo está roto. Voy a reunirme con mis padres. Y aun en su poderosa compañía no sentiré ahora vergüenza».
Joven escudero, ármate. Todo tu equipo de guerra es también tu ropa nupcial. La cruz que forma tu espada, el yelmo que es corona de espinas, el escudo que es tu fe, tu estandarte que es la sagrada causa de tus antepasados. Porque, en última instancia, sólo quien ha aprendido a amar a la muerte con honor puede amar verdaderamente a los suyos, a los que ha de defender con su vida y muerte. La muerte, repito, no es oscuridad, sino la dama blanca que abre sus brazos y te susurra: «Ven, que ya has batallado bastante». Y tú, caballero, con gallardía, le responderás: «Aquí estoy, señora».