§ No son las ideas el campo de batalla decisorio para la transformación radical de la sociedad. La teoría que ignora precisamente esto sobre sí misma tiene poco valor. También es cierto, sin embargo, que no podemos prescindir de una reflexión tan sistemática como sea posible sobre las suposiciones y certezas que informan nuestra comprensión de la situación y los problemas que enfrentamos. Siempre vemos la realidad a través de marcos de referencia, nos enteremos o no. La falta de una perspectiva no nos pone en frente de la totalidad, sino de la nada. Mejor, pues, intentar explicitar esos marcos e interrogarlos. Eso es teorizar. La teoría, en efecto, consiste a menudo en meta-preguntas. No inquiere si la izquierda puede, y cómo, ganar a la derecha en las elecciones próximas, sino qué decimos cuando decimos izquierda y derecha, y qué significa que concibamos la lucha política en estos términos. No inquiere si los órganos colegiados de un partido son suficientemente partitarios o no, sino qué significa en todo caso la igualdad entre hombres y mujeres. Preguntas que, puede ser el parecer de algunos, apuntan a definiciones ociosas e inocuas. Pero no olvidemos que apenas en los ochenta, a diferencia de hoy, ser de izquierdas significaba ser anti-capitalista, y que hoy, en contraste con esa misma década, ser mujer es tenido por muchos como un acto de voluntad y no como un hecho biológico. Ambos desplazamientos comportan consecuencias políticas para nada insignificantes. La izquierda debe evitar tanto el bizantinismo ensimismado como el anti-intelectualismo filisteo y bobalicón. Ambos son signos de derrota.


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