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Julián Harruch

Bitácora de notas, invectivas y aforismos.

§ Las formas más irritantes de estupidez, y también las más perniciosas, no se obtienen de la carencia sino del exceso de sofisticación teórica.

§ Aunque pueda servir para impresionar a algunos, la noción de que la política y la moral son esferas separadas y estancas no muestra cosa distinta que ramplón pragmatismo, puerilidad o amateurismo filosófico, y resulta particularmente desconcertante cuando se escucha en círculos que se proclaman radicales, no menos de lo que sería toparse con un astrónomo que no creyese en la existencia de los astros. Si la moral no guarda relación con la política, mejor haríamos en dejar de hablar como si fuese imperioso combatir las opresiones de raza, sexo, clase, etc. Más todavía, mejor haríamos en dejar de hablar de injusticias y opresiones de una vez por todas. A pesar de que es espléndidamente superficial, el desprecio de la moral goza hoy de no poco prestigio en la izquierda culturalista, como legado, en buena medida, del pensamiento posmoderno, de su antiesencialismo, relativismo y rechazo de todo cuanto está emparentado con los conceptos de naturaleza, verdad, objetividad y universalidad. Paradójicamente, sin embargo, al tiempo que esa izquierda desdeña la reflexión moral y la cede a la contraparte conservadora, su discurso se hace más y más puritano — un puritanismo que encuentra suelo propicio en distintas formas de pseudoradicalidad: en el repudio de la política y el confinamiento de la militancia a la esfera privada y la subjetividad; en la celebración ensimismada de la "autonomía" de los movimientos sociales y la renuncia a disputar el poder del Estado, o en la escrupulosidad hiperbólica que se opone a las transigencias propias de la construcción de coaliciones que, a su vez, exige cualquier proyecto contrahegemónico. Fórmulas distintas, pero que comparten el histrionismo y el alarde afectado de la defensa de los principios. Ambas cosas acaso están relacionadas. Es harto plausible que el abandono de la moral, la incapacidad de tomarla en serio, haya contribuido a la diseminación de ese ethos puritano, del mismo modo en que muchas veces es un afán inmoderado y poco inteligente por no dejarse engañar lo que hace a las personas crédulas de las teorías conspirativas más absurdas. Bien haríamos, pues, en empezar a remediar esa falencia.

§ Citas y referencias funcionan a menudo, en la escritura académica, menos como un mecanismo para el intercambio y la valoración crítica de ideas que como un artilugio para amedrentar al lector, como cuando un matón en aprietos se lleva la mano al bolsillo del abrigo para hacer creer a su enemigo que trae un arma.

§ A pesar de los alegatos morales del izquierdismo idealista, hoy en voga, las realidades políticas no se pliegan simplemente a los principios y los buenos propósitos, ni la conquista de transformaciones sociales puede tan solo decretarse. Estas indefectiblemente involucran contradicciones y negociaciones acerbas.

§ No son las ideas el campo de batalla decisorio para la transformación radical de la sociedad. La teoría que ignora precisamente esto sobre sí misma tiene poco valor. También es cierto, sin embargo, que no podemos prescindir de una reflexión tan sistemática como sea posible sobre las suposiciones y certezas que informan nuestra comprensión de la situación y los problemas que enfrentamos. Siempre vemos la realidad a través de marcos de referencia, nos enteremos o no. La falta de una perspectiva no nos pone en frente de la totalidad, sino de la nada. Mejor, pues, intentar explicitar esos marcos e interrogarlos. Eso es teorizar. La teoría, en efecto, consiste a menudo en meta-preguntas. No inquiere si la izquierda puede, y cómo, ganar a la derecha en las elecciones próximas, sino qué decimos cuando decimos izquierda y derecha, y qué significa que concibamos la lucha política en estos términos. No inquiere si los órganos colegiados de un partido son suficientemente partitarios o no, sino qué significa en todo caso la igualdad entre hombres y mujeres. Preguntas que, puede ser el parecer de algunos, apuntan a definiciones ociosas e inocuas. Pero no olvidemos que apenas en los ochenta, a diferencia de hoy, ser de izquierdas significaba ser anti-capitalista, y que hoy, en contraste con esa misma década, ser mujer es tenido por muchos como un acto de voluntad y no como un hecho biológico. Ambos desplazamientos comportan consecuencias políticas para nada insignificantes. La izquierda debe evitar tanto el bizantinismo ensimismado como el anti-intelectualismo filisteo y bobalicón. Ambos son signos de derrota.

§ Querríamos arrancar la tristeza de quienes amamos con tan solo iterar motivos de alegría, pero esto es tan inútil como tratar a un demente argumentando en contra de la sinrazón.

§ Tanta vanidad hay en engañarse acerca de cuán trascendentes son los empeños propios como en atormentarse porque no lo sean.

§ Antes que la definición del objeto y del método, la pregunta clave para una crítica cultural radical es el para qué.

§ Sin el socorro de la razón es imposible desmantelar las formas de opresión que buscan legitimarse reclamando para sí la razón.

§ Cuidémonos de endosar a los demás la mediocridad propia, y mucho más de torturarlos con el martirio deleitoso de la falsa magnanimidad.

§ La fantasía del mediocre es inmolarse.

§ Nuestros descubrimientos cotidianos no son valiosos porque sean auténticos o perspicaces –las más de las veces son manidos y triviales–, sino porque han emergido de la experiencia propia.

§ Muchas sabidurías querría poseer; pero ninguna tanto como la de Sócrates, que en nada de nada era sabedor, sino en las cosas del amor.

§ Se insiste, con frecuencia, en que se debe ser capaz de apreciar las virtudes del adversario. No tanto, aunque igual de importante, en que a veces es necesario tolerar la mediocridad del amigo.

§ Harto más preferible un enemigo agudo que un partidario estulto. Aquel es acicate de la inteligencia; el segundo, rémora.

§ Hay días en que nos dejamos impacientar por la estupidez y la poquedad ajenas. Otros, somos suficientemente lúcidos para reconocer que solo nos han irritado la mezquindad y la envidia propias.