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J. Harruch

Bitácora de notas, invectivas y aforismos.

§ A propósito de la reciente polémica sobre la política científica en Colombia, dice de Sousa Santos: "Para ir a la luna necesitamos conocimiento científico, pero para conocer la biodiversidad de la Amazonía necesitamos conocimiento indígena". Esta distinción solo es sostenible si se acepta la misma concepción estrecha de la ciencia que los teóricos decoloniales le achacan a aquellos contra quienes enfilan baterías. Para unos y otros, la ciencia es cosa de blancos, mientras que los indios (y los negros), como se sigue de la cita, tienen "saberes otros". Se diferencian tan solo en que los decoloniales equiparan las valencias atribuidas a cada polo de la oposición: es decir, en su (supuesta) revalorización de los conocimientos no científicos de los indios. Unos y otros confunden el todo con la parte: la ciencia con modos específicos de gestión del conocimiento científico.

§ Para provincializar a Europa hay que provincializar también el etnocentrismo europeo. La teoría decolonial tiende, en cambio, a fetichizarlo.

§ Mucho de lo que hoy se hace pasar como teoría crítica no es sino una colección de hipérboles inocuas, semejante al perifollo lamparoso con que un adolescente ostenta su rebeldía.

§ La modernidad no solo es un proyecto inacabado, sino siempre inacabable.

§ El crítico debe distinguir entre las elaboraciones deficientes de una teoría y las teorías deficientes, como distingue el cultivador entre la broza y las malas hierbas.

§ Las formas más irritantes de estupidez, y también las más perniciosas, no se obtienen de la carencia sino del exceso de sofisticación teórica.

§ Aunque pueda servir para impresionar a algunos, la noción de que la política y la moral son esferas separadas y estancas no muestra cosa distinta que ramplón pragmatismo, puerilidad o amateurismo filosófico, y resulta particularmente desconcertante cuando se escucha en círculos que se proclaman radicales, no menos de lo que sería toparse con un astrónomo que no creyese en la existencia de los astros. Si la moral no guarda relación con la política, mejor haríamos en dejar de hablar como si fuese imperioso combatir las opresiones de raza, sexo, clase, etc. Más todavía, mejor haríamos en dejar de hablar de injusticias y opresiones de una vez por todas. A pesar de que es espléndidamente superficial, el desprecio de la moral goza hoy de no poco prestigio en la izquierda culturalista, como legado, en buena medida, del pensamiento posmoderno, de su antiesencialismo, relativismo y rechazo de todo cuanto está emparentado con los conceptos de naturaleza, verdad, objetividad y universalidad. Paradójicamente, sin embargo, al tiempo que esa izquierda desdeña la reflexión moral y la cede a la contraparte conservadora, su discurso se hace más y más puritano — un puritanismo que encuentra suelo propicio en distintas formas de pseudoradicalidad: en el repudio de la política y el confinamiento de la militancia a la esfera privada y la subjetividad; en la celebración ensimismada de la "autonomía" de los movimientos sociales y la renuncia a disputar el poder del Estado, o en la escrupulosidad hiperbólica que se opone a las transigencias propias de la construcción de coaliciones que, a su vez, exige cualquier proyecto contrahegemónico. Fórmulas distintas, pero que comparten el histrionismo y el alarde afectado de la defensa de los principios. Ambas cosas acaso están relacionadas. Es harto plausible que el abandono de la moral, la incapacidad de tomarla en serio, haya contribuido a la diseminación de ese ethos puritano, del mismo modo en que muchas veces es un afán inmoderado y poco inteligente por no dejarse engañar lo que hace a las personas crédulas de las teorías conspirativas más absurdas. Bien haríamos, pues, en empezar a remediar esa falencia.

§ A menudo, en la escritura académica, citas y referencias funcionan menos como un mecanismo para el intercambio y la valoración crítica de ideas que como un artilugio para amedrentar al lector, como cuando un matón en aprietos se lleva la mano al bolsillo del abrigo para hacer creer a su enemigo que trae un arma.

§ Hay bastantes en la izquierda colombiana que parecen creer que las realidades políticas pueden plegarse a los "principios" y los buenos propósitos a fuerza de alegatos, y que las transformaciones sociales pueden tan solo decretarse. No pueden o no quieren ver que estas tienen que ser conquistadas, y que hacerlo implica contradicciones y negociaciones acerbas.

§ No son las ideas el campo de batalla decisorio para la transformación radical de la sociedad. La teoría que ignora precisamente esto sobre sí misma tiene poco valor. También es cierto, sin embargo, que no podemos prescindir de una reflexión tan sistemática como sea posible sobre las suposiciones y certezas que informan nuestra comprensión de la situación y los problemas que enfrentamos. Siempre vemos la realidad a través de marcos de referencia, nos enteremos o no. La falta de una perspectiva no nos pone en frente de la totalidad, sino de la nada. Mejor, pues, intentar explicitar esos marcos e interrogarlos. Eso es teorizar. La teoría, en efecto, consiste a menudo en meta-preguntas. No inquiere si la izquierda puede, y cómo, ganar a la derecha en las elecciones próximas, sino qué decimos cuando decimos izquierda y derecha, y qué significa que concibamos la lucha política en estos términos. No inquiere si los órganos colegiados de un partido son suficientemente partitarios o no, sino qué significa en todo caso la igualdad entre hombres y mujeres. Preguntas que, puede ser el parecer de algunos, apuntan a definiciones ociosas e inocuas. Pero no olvidemos que apenas en los ochenta, a diferencia de hoy, ser de izquierdas significaba ser anti-capitalista, y que hoy, en contraste con esa misma década, ser mujer es tenido por muchos como un acto de voluntad y no como un hecho biológico. Ambos desplazamientos comportan consecuencias políticas para nada insignificantes. La izquierda debe evitar tanto el bizantinismo ensimismado como el anti-intelectualismo filisteo y bobalicón. Ambos son signos de derrota.

§ Tanta vanidad hay en engañarse acerca de cuán trascendentes son los empeños propios como en atormentarse porque no lo sean.

§ Antes que la definición del objeto y del método, la pregunta clave para una crítica cultural radical es el para qué.

§ Sin el socorro de la razón es imposible desmantelar las formas de opresión que buscan legitimarse reclamando para sí la razón.

§ Cuidémonos de endosar a los demás la mediocridad propia, y mucho más de torturarlos con el martirio deleitoso de la falsa magnanimidad.

§ La fantasía del mediocre es inmolarse.

§ Nuestros descubrimientos cotidianos no son valiosos porque sean auténticos o perspicaces –las más de las veces son manidos y triviales–, sino porque han emergido de la experiencia propia.