Do I know it, I wrote it!

Una tranquila tarde, un hombre de mediana edad entró en un bar y se acercó al dueño. Tiene un bar muy bonito, señor,  —empezó, —pero ¿no le parece que se podría mejorar el ambiente con un poco de música de fondo? Lo menciono porque soy pianista y me encantaría tocar unas canciones aquí todas las noches. Ni siquiera tendría que pagarme. Lo único que le pediría es que dejara que me quedase con las propinas. El dueño, intrigado, le contestó: —Hagamos una cosa. Tócame ahora unas canciones como prueba. Si me gusta lo que oiga y creo que a mis clientes les gustaría entonces tendremos un trato puedes empezar tan pronto como mañana. —¡Me parece genial! exclamó el hombre. Le agradezco la oportunidad.

Así que el supuesto pianista tomó asiento al piano y se puso a tocar. A los oídos del dueño llegó una música tan hermosa que casi no se lo podía creer. —No doy crédito! le dijo, —Eso es una de las canciones mas bellas que jamás he escuchado! Es más, nunca la había oído antes. ¿De quién es? —Es propia, señor, respondió el hombre, la escribí yo. —¡No me jodas! dijo el dueño, aún más asombrado que antes. Y cómo se llama? —Esa se llama ¨te quiero tanto que casi no me puedo caer¨. —¡¿Cómo?! gritó el dueño, horrorizado. Por qué demonios le pusiste un nombre tan feo a una canción tan maravillosa!? No sé que decirle. dijo el hombre. Así se llama la canción. 

El músico pasó a su segunda canción, la cual resultó aún más embelesadora que la primera. —¿Me imagino que esa la escribiste también? preguntó el dueño. —Así es,—contestó el hombre, —sólo interpreto música mía. —¿Y cómo se llama? preguntó el dueño con temor. —Ah, a esta le puse ¨Tus putos ojos hermosos me hacen vomitar encima" dijo el hombre. ¡Hostias! gritó el dueño. —Otra vez elegiste un nombre asqueroso para una canción bellísima. Eso nunca lo podré entender. Tras una breve pausa de reflexión, continuó: —Mira, la verdad es que me encanta tu música y creo que les encantaría a mis clientes tambíen. Así que me alegraría que vinieras a tocar por las noches, con tal de que no le digas los nombres de tus canciones a nadie. —Trato hecho. dijo el pianista, extendiéndole la mano al dueño. Gracias mil veces, no se arrepentirá!

A la noche siguente el pianista regresó al bar y tocó unas canciones sublimes que deleítaron y cautivaron a todos y les dejaron boquiabiertos. Después de una hora hora de tocar sin pausa, el músico se tomó un descanso para ir al servicio. Cuando sali del cuarto de baño un borracho se le acercó, le senaló la enterpierna, y le dijo: —¿Sabes que tienes la bragueta abierta y que estás meado por todos lados de los pantalones? —?!?Qué si me la sé?!? —vociferó el pianista. !Soy yo quien la escribí!









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