detectar alacranes

la última vez que hablamos lo comprendí todo.

mejor dicho, después de la última vez que hablamos lo comprendí todo.

a veces pasa que uno al final comprende cosas que se engendraron desde el comienzo.

recuerdo la primera vez que nos vimos. yo vivía en ese apartamento que daba a la avenida al lado del estudio de danza donde se la pasaban poniendo música brasilera, ¿se acuerda? ¿se acuerda todas las veces que tarareamos esas canciones?

yo acaba de volver de san andrés, la isla de los alacranes, así se la describí mientras estaba allá. cómo no.

lejos de las playas, en torres de telecomunicaciones, cables gruesos y fauna exótica los alacranes fueron la experiencia privilegiada de la isla.

en los casilleros.
en los guantes.
en los tenis.
en las botas de trabajo.

en todo lugar.

yo nunca pensé en san andrés como una isla de alacranes. ¿es que cómo? no aparecían en los comerciales que uno veía de pequeño ni en las telenovelas.

pero para mí san andrés fue de alacranes y no de playas.

y en últimas eso fue un privilegio. cuando yo iba en el carro del contratista al aeropuerto pensaba que me llevaba una experiencia muy propia de san andrés. había estado en sus montecitos. en sus fincas campesinas llenas de negros que hablaban extraño para mí. la montaña y no la playa. torres de comunicaciones de metal y no arenas. pero esas imágenes son especiales y son mías. tuve la posibilidad de verla -a la isla- con estos ojos míos y de verla de una manera única. como pocas personas pueden verla. poniendo los ojos en unos lugares no tan concurridos y sin tantas miradas afanosas del turista.

y mientras me subía al avión y pensaba en llegar a verla pensé en que tuve la posibilidad de verla -a usted- con estos ojos míos y de verla de una manera única. como pocas personas pueden verla. poniendo los ojos en unos lugares no tan concurridos y sin tantas miradas afanosas del turista.

cuando llegué lo primero que hice fue llegar a lavar ropa y bañarme antes de que usted llegara. todavía recuerdo cómo me sentí cuando recogiendo la ropa de la lavadora me encontré a sendo alacrán en el fondo. vivo aun. se movía en la superficie mojada del tambor.

¿se acuerda?

cuando usted llegó le conté que no había tenido el valor de matarlo. que no tenía el valor y me daba impresión.

usted llegó y cogió el cuchillo más grande de esa cocina, levantó la tapa de la lavadora, estiró la mano y lo atravesó. recuerdo que me senté al frente de mi computador, en el que estaba poniendo música brasilera que me había conocido gracias al bailadero de la esquina, y escuché cómo el cuchillo atravesaba al alacrán. me da risa todavía el contraste de la impresión que yo sentía y verla al volverme con una sonrisa satisfecha y el cuchillo en la mano. y ahí me lo dijo:

-es que mi abuela detectaba a los alacranes. los sentía. me lo ha contado mi mamá.

se rio con ternura de mis temores y de mi impresión.

hablamos un rato de los venenos, de los aguijones, de animales pequeños que hacen daño sin querer y que por eso toca matarlos. me contó que no le daban miedo pero que le daba impresión que pareciese con 9 patas. un número impar gracias al aguijón. y bueno, aunque fuesen buenos no eran buenos para uno, y pues difícil así, fuera de la isla, en medo de la cadena montañosa de los andes. no tenía futuro ahí. se río, con esa boca grande suya, y sentenció 'mi abuela los sabía detectar y yo también al parecer'.

y sí. usted también.

porque la última vez que nos vimos, después de que se despidió de mí sentí que me sacaba de su vida.

que así como su abuela, había sentido un aguijón cerca y le atravesó el cuchillo primero.


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