Tontos y canallas

Por Julián Harruch

A izquierda y derecha, uno de los lugares comunes más frecuentes en los análisis sobre las recientes elecciones en Colombia es la idea de que fue una campaña basada en emociones y no propuestas. Sobre todo en el miedo. Si para unos la mitad del país se dejó asustar por el coco del comunismo, los otros no entienden que hubiera quien se comiera el cuento ese del fascismo. En la mitad hay siempre un buen centrista listo para explicarnos que los extremos se parecen y lamentarse de que la gente no mire las cosas sin ideología ni apasionamientos.
Esta línea de argumentación, por supuesto, no es nueva ni restringida al caso colombiano. Ha venido asomando más y más ante las victorias de las llamadas “nuevas derechas”, con personajes como Trump, Milei, Kast y ahora De la Espriella. ¿Por qué vota la gente en contra de sus intereses?, esa es la pregunta que muchas veces orienta el análisis. Y la explicación que a menudo se ofrece es la capacidad de las derechas para manipular las emociones de un electorado ingenuo y candoroso.
Desde esa perspectiva, el cálculo racional basado en intereses y la emocionalidad política chocan entre sí, y son las emociones las que prevalecen. El diagnóstico habitualmente viene acompañado de una prescripción para mejorar la “comunicación política”, especialmente usando las tecnologías digitales, como estrategia preferente para plantar cara al populismo de derecha.
La premisa, sin embargo, es torpe y no puede sino llevar a equívocos. ¿Qué significaría decir, llevado a sus consecuencias lógicas, que la gente vota contra sus intereses? La gente sabe perfectamente bien cuáles son sus necesidades y problemas. Sabe que trabaja parejo y que la plata, sin embargo, no alcanza para llegar a fin de mes. Sabe que la hija que esforzadamente terminó la universidad no consigue empleo. Sabe que al abuelo le toca seguir en el rebusque porque no tiene pensión. Sabe que al muchacho le pueden robar lo que lleva encima en la puerta misma de la casa. Nadie sale a votar queriendo que las cosas empeoren, excepto tal vez algún maoísta esperanzado en que la agudización de las contradicciones lleve por fin a una situación revolucionaria. Es cierto que la gente no suele llevar una lista de Excel comparando las propuestas de los candidatos, pero esto difícilmente significa que sus decisiones electorales no se basen en apuestas racionales sobre lo que le conviene.
Decir que la gente es racional no es lo mismo, por supuesto, que decir que es infalible. La gente elige con base en la información incompleta de la que dispone, teniendo que decidir entre propuestas sobre las que, en muchos casos, hasta los expertos más bienintencionados no se pondrían de acuerdo, y echando mano de lo que encuentra en un entorno mediático que no está hecho para cualificar el debate democrático. Claro que las vibras y las sensaciones que cada campaña logra transmitir son cruciales. Pero no porque la gente pueda ser embaucada al punto de no reconocer que necesita empleo, seguridad, educación o salud. Eso sería atribuirle un fallo racional espectacular.
Hay una variación de este argumento aún más perniciosa, la que ve a los electores de la derecha ya no como tontos sino como canallas. Un teórico tan prestigioso como destemplado, por ejemplo, salió a decir después de la primera vuelta que la “aparente estupidez” de los diez millones de votantes de De la Espriella se explica por las “narrativas supremacistas y patriarcales” que avivan los instintos individualistas y agresivos del electorado colombiano. ¿Hay prejuicios excluyentes aún encepados en sectores de la sociedad colombiana? Sin duda. Pero cuánta condescendencia letrada hay en pensar que lo que hace falta para derrotar a las nuevas derechas es convencer al pueblo de que el mal es malo y el bien buenísimo.
Que la izquierda en Colombia sea opción real de poder en cuatro años dependerá, no de que se haga más hábil en el uso de las redes y las tecnologías digitales para sacar mejor provecho de las supuestas emociones irracionales del pueblo, sino de su capacidad de seguir construyendo con la gente, desde abajo, un proyecto que emocione porque arraiga en sus intereses y aspiraciones. Ni la razón es fría e impasible, ni las emociones son ciegas.


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