¿De qué hablamos cuando hablamos de ‘Occidente’?
August 25, 2026•778 words
Los discursos civilizatorios – retóricas que construyen clasificaciones de pueblos y naciones según su supuesta pertenencia civilizacional – se han convertido en una herramienta ideológica predilecta, tanto doméstica como geopolítica, para toda suerte de regímenes. El euroasiatismo en la Rusia de Putin, el civilizacionismo hindú en la India de Modi u otomano en la Turquía de Erdoğan, y el occidentalismo en los Estados Unidos y en Europa son solo algunos ejemplos. No es especialmente osado arriesgar que la renovada tracción de este tipo de discursos es un reflejo más del ocaso del orden unipolar que siguió al fin de la Guerra Fría.
En su uso moderno, el concepto de civilización pretende denotar una entidad política basada en una comunidad cultural entre naciones, en valores y principios compartidos. Rara vez hay acuerdo, sin embargo, sobre cuáles son esos valores y principios. Los distintos usos que tiene la idea de Occidente en la actualidad ilustran bien el punto. Mientras para el globalismo liberal Occidente representa la vanguardia de valores democráticos universales, las nuevas derechas, en cambio, encuentran en el multiculturalismo liberal una amenaza existencial para los valores judeocristianos de la civilización occidental.
También en América Latina los discursos civilizacionales están cobrando mayor notoriedad ahora que las derechas del continente han puesto la ‘batalla cultural’ en el corazón de su narrativa. Los ‘valores occidentales’ les sirven como comodín, una consigna útil para objetar el derecho al aborto o la adopción homoparental, lo mismo que para defender la ‘mano firme’, la propiedad privada y la austeridad. En el plano de la política exterior, el civilizacionismo occidentalista ha trajeado el alineamiento con la agenda geopolítica estadounidense, con episodios no más histriónicos que bochornosos, como el reciente reconocimiento por parte del nuevo gobierno colombiano – cuyo canciller, por cierto, se describe en su cuenta de X como ‘pro-occidente’ – de la soberanía israelí sobre los Altos del Golán.
Más temprano este año, en la Conferencia de Seguridad de Múnich, Marco Rubio propuso a sus aliados del viejo continente una alianza con el fin de ‘disuadir a las fuerzas del borramiento civilizacional que amenazan tanto a los Estados Unidos como a Europa’. El ‘nuevo siglo occidental’, dio en llamar a su visión. Latinoamérica, por supuesto, no está invitada a este convite civilizacional. Pero sí que, en un sentido más literal, está situada en el hemisferio que los Estados Unidos consideran su legítimo dominio, como desenfadadamente reza el llamado ‘corolario Trump’ a la Doctrina Monroe, y cuyos recursos necesita para garantizar una ‘cadena de suministros occidental’. Ahí es donde están las llaves.
La relación con Occidente toca fibras profundas de la subjetividad cultural de América Latina, y no solo en los discursos civilizatorios de las derechas. La idea de América Latina como parte de una civilización occidental amenazada por el liberalismo multicultural y el ‘wokismo’, de nuevo, es caballo de batalla de las nuevas derechas. Para el pan-hispanismo conservador, que aún no se saca la espina de la ‘leyenda negra’, la región hace parte de una civilización católica distinta de la modernidad angloliberal protestante. La intelectualidad liberal, por su parte, propugna la plena integración de nuestros países dentro de un Occidente visto como faro del humanismo y la democracia. Y el decolonialismo pinta a Occidente como un proyecto irredimiblemente colonial, patriarcal y racista que debe ser abandonado en favor de alternativas civilizacionales halladas en las cosmovisiones indígenas.
Todos estos discursos comparten la misma premisa: una idea de la civilización occidental como formación cultural estable, dotada de una esencia transhistórica. Un dechado de libertad o de opresión. El problema, en uno u otro caso, es que no hay valores o principios que sean distintivos o exclusivos de ninguna civilización.
Se nos dice, por ejemplo, que libertad, igualdad y democracia son una herencia occidental. Y caben pocas dudas, en efecto, de que la historia política e intelectual europea, en especial el pensamiento ilustrado, ha sido una fuente muy influyente en las concepciones modernas de la democracia y los derechos humanos. Pero no menos cruciales en esa historia fueron las luchas contra el colonialismo europeo. Si el jingoísta occidental, liberal o conservador, yerra entonces al considerar las ideologías universalistas modernas como distintivamente occidentales, el decolonial se equivoca al ver en ellas una imposición imperial.
Podemos discutir, por supuesto, sobre las diferencias entre distintas formaciones culturales, sus historias y cómo estas han dado lugar a arreglos sociales más o menos democráticos, más o menos justos, más o menos legítimos. La idea de civilización sirve menos para este fin que para movilizar agendas políticas mediante generalizaciones deshistoricizantes, tan deletéreas como el relativismo cultural. Sea como fuere, su origen cultural no basta nunca para justificar los valores que profesamos.
Por Julián Harruch