Junio 23

Es macabro que uno salga a la calle y encuentre abierto todo menos las librerías y las escuelas. Algunos cafés están abiertos y venden para llevar y los bares están cerrados, pero las licoreras no. Y macabro es la palabra. Hay una suerte de muerte en este modo encerrado de existir. Hay una vida que no se completa. Cada vez que me siento a escribir y organizar ideas lo pienso más. La vida no es sino su desarrollo y su desarrollo pleno. Sea lo que sea que eso es, no puede reducirse a la mera repetición de tareas.

No es que no haya vida en levantarse, bañarse, cocinar y dormir. Yo me baño con agua fría y todas las mañanas soy consciente de que me baño. Es un reto diario estar bajo el agua helada a las 6 de la mañana y una victoria diaria sentir cómo se activa todo mi sistema circulatorio y cómo se despeja mi pensamiento antes de eso adormilado y filtrado por comodidad y lujuria. Mientras cocino pienso en el proceso químico que cambia el color de esto o aquello, en el modo en que la lenteja se hidrata, en el incesante vínculo que tengo con la tierra que se repite más como una espiral que como un círculo y me inventé un payaso que lo sobresignifica y le da valor moral a cada bocado y a cada mordisco. Tengo un graffitti en el baño que me invita a la consciencia plena del placer de defecar. Y duermo mal: a veces porque pierdo la batalla contra el exceso de pantallas que ha venido de la mano del aislamiento, a veces porque no tendí la cama en la mañana, a veces porque me siento solo y con frío y a veces porque no tengo la consciencia tranquila debido a que fui torpe en esta carta o a que oigo a alguien caminar con hambre frente a mi ventana y yo me siento triste porque fui torpe en aquella carta.

Decía que no puede reducirse a eso la vida, por mucho que uno haga el esfuerzo de llenarse eso de vida, porque uno quiere existir de la mano de otro. Lo macabro del aislamiento es que los negocios estén abiertos para que la economía se mueva y el que la mueva siga siendo el individuo y sea un individuo más solo que nunca. La tal carta esa me deja sin dormir porque quería conocer a otro por medio suyo y eso ya no sucederá. Lo que es macabro es que la emergencia sanitaria mundial es una vez más aprovechada por esa gente demasiado invertida en las ideas de poder y de dinero para hacer del resto de nosotros simples instrumentos, y que el sacrificio humano sea de frente, sin asco y sin temor. Sin temor porque saben que igual no va a pasar nada. La naturaleza humana es colectiva, el desarrollo natural de la vida humana es colectivo ¡No podemos siquiera reproducirnos solos!

Y siento ira. No es indignación, no es ese sentimiento efímero y febril que hoy llamamos indignación, no es esa sensación aparente que Aaron llama (con buen humor además) "el escándalo del día". Siento ira. Me enfurezco y pataleo, en un blog como quien se ahoga en un mar de impotencia, porque no puedo abrazar a un amigo que me topo comprando tomates, porque no puedo coquetear con una chica que no conozco y que sólo vi una vez bailando, porque no puedo evitar que asesinen a quienes se enfurecen y no sólo patalean en un blog, porque me siento como una enfermedad con patas.

Y me siento cobarde. Y me siento solo. Y esas dos cosas se alimentan y me carcomen como un cáncer en la voluntad que se llama frustración y que me dobla la espalda y me hace un butaco más, para que se me paren encima...


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