Pero yo no me escondo del diablo porque soy buena gente

Se lo escuchó de su propia boca el escritor Umberto Valverde, quien emocionado lo transcribió de inmediato en una servilleta manchada de Aguardiente Blanco del Valle y esa noche del 1 de enero de 1969 le pidió a Darío Agudelo que la guardara para escribir más adelante una crónica que sería publicada en la primera página de El País pero éste la dejó caer cuando bailaba con la tía Ana que la recogió del suelo y se la quiso devolver al profesor que no la quiso recibir porque eran tonteras del bazuco que estaban metiendo ambos, el escritor y el pianista, por lo que ella decidió guardarla, no sea que luego la reclamara y ella no la tuviera por haberla botado en la calle, no sin antes haber leído lo que estaba escrito y prometerse a sí misma contar la verdad cuando llegara el momento, que fue hace un año en un día de acción de gracias anodino en el que ambos limpiábamos los pisos del Wal-Mart de Germantown, en Virginia, lo que me hizo ahorrar unos dólares y regresar a la casa de la abuela, en Cali, y buscar entre los papeles esa servilleta ajada, conservada entre dos láminas de contact, para transcribir sus palabras sin faltar a la verdad ni acudir a la ficción.

«Señor Bobbie Cruz, vos sos Aleister Crowley?»


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