You'll only receive email when Artefactos / #100days publishes a new post

La cosa latina

Luego del éxito alcanzado por «El Irlandés», Martin Scorsese confirmó la realización de una película sobre el surgimiento de la salsa y la consolidación del cartel de la heroína en Nueva York.

Ambientada entre 1952 y 1970, «The Bronx Connection» reflejará las tensiones entre un grupo de artistas y criminales nuyoricans por conquistar el mercado de las anfetamina dominado por blancos italoamericanos —entre cuyos negocios se encuentran big bands de jazz y crooners a sueldo— que desencadenará una cruenta guerra en las calles de la ciudad.

Los nuyoricans, liderados por Robie Draco Rosa, Linn Manuel Miranda y Ruben Blades, construirán un imperio, conectado al naciente ritmo de la salsa, que conocerá su auge en Nueva York y desde ahí se exportará a Puerto Rico y Colombia durante la década de 1970, no sin antes pagar un alto costo en vidas humanas.

«Los ritmos afrocubanos fueron permeados por la asimilación de estas sustancias en la juventud de la época que no sintonizaba con el Flower Power californiano»—Afirmó el director—«De la misma manera en que la marihuana influyó en los primeros momentos del Jazz o la metanfetamina en Elvis y The Beatles. Negar la influencia de la heroína, y luego la cocaína, en la construcción de vínculos culturales entre los pueblos es como tapar el sol con un solo dedo».

El estreno de «The Bronx Connection» está programado para septiembre de 2021.

Pero yo no me escondo del diablo porque soy buena gente

Se lo escuchó de su propia boca el escritor Umberto Valverde, quien emocionado lo transcribió de inmediato en una servilleta manchada de Aguardiente Blanco del Valle y esa noche del 1 de enero de 1969 le pidió a Darío Agudelo que la guardara para escribir más adelante una crónica que sería publicada en la primera página de El País pero éste la dejó caer cuando bailaba con la tía Ana que la recogió del suelo y se la quiso devolver al profesor que no la quiso recibir porque eran tonteras del bazuco que estaban metiendo ambos, el escritor y el pianista, por lo que ella decidió guardarla, no sea que luego la reclamara y ella no la tuviera por haberla botado en la calle, no sin antes haber leído lo que estaba escrito y prometerse a sí misma contar la verdad cuando llegara el momento, que fue hace un año en un día de acción de gracias anodino en el que ambos limpiábamos los pisos del Wal-Mart de Germantown, en Virginia, lo que me hizo ahorrar unos dólares y regresar a la casa de la abuela, en Cali, y buscar entre los papeles esa servilleta ajada, conservada entre dos láminas de contact, para transcribir sus palabras sin faltar a la verdad ni acudir a la ficción.

«Señor Bobbie Cruz, vos sos Aleister Crowley?»

La confesión del paria

Renunciando a la fama de la que gozan las figuras tutelares de la industria, a las que él convence de un reboot o una franquicia multimillonaria, J.J. Abrams deslizó que su aporte al cine era demoler el legado de esos artesanos que, de dientes para adentro, le despreciaban; «Nunca pretendí concluir la historia de una familia inexistente», se escucha en la grabación de un encuentro que sostuvo con ejecutivos de Disney en la que se presume estaba George Lucas.

La señora Neele

Era viernes, bajo el signo de Sagitario, cuando fue hallado un auto en la cuneta de Newlands Corner. En su interior había un vestido de matrimonio y una licencia de conducir; las señas indicaban que pertenecía a la escritora Agatha Christie, famosa por sus novelas de misterio. Después de una búsqueda exhaustiva por toda Inglaterra , la abducida apareció en una clínica de reposo registrada bajo el nombre de Tressa Neele. Desde ese día hasta hoy, sus lectores admiramos su vasta obra firmada bajo la rúbrica de la señora Christie. Sabemos, y callamos, del complot orquestado entre su exesposo Archie y prominentes miembros de la sociedad del Alba Dorada para apropiarse del corpus y los royalties de esa incómoda mujer que narraba, en clave de misterio, las orgías y asesinatos de los conjurados.

Asunto:

«Loable tu esfuerzo de emprender una carrera asaz desdichada como la de escritor; empeño, según tus palabras, "consciente y primerizo", cuyo esfuerzo has mantenido desde temprana edad. De este tipo de actitudes no tengo mucho qué decir dado que admiro la persistencia pese a no estar del lado de ella. Sin embargo, sí considero de vital importancia subrayar el abuso de las oraciones coordinadas como una de las limitantes de tu fluidez; una barrera que has levantado en tus escritos e impide el paso a tus lectores, cuya función tiendo a relacionar con tu persistencia. Te digo, no estoy dispuesta a realizar análisis pseudo–cognitivos de tu labor, lo que no me impide observar constantes que no sé determinar si estilísticas o conductuales. De cualquier manera, no me gustan. Distraen, alejan, son monótonas. Impiden el cauce. Cito unas palabras de "Karl Ove Knausgård en una selfi de 1982", de Jonás Vergara: "Sabedor del futuro destino de su imagen, el escritor decidió no romper ese papel granulado que la contenía. Era tan ambigua esa pose que Karl Ove dedujo futuros reedituables si mantenía el gesto los años que tardase en alcanzar la fama". Observa cómo Vergara construye el bulo: sin alargar la oración, utilizando la expresión en un sentido sugerente, apelando al lector para que complete el significado ahorrándole esfuerzos gramaticales y semánticos; su maestría es suscinta, elegante. No tomaré tus textos porque sabes a cuáles me refiero. Si persigues la ilusión, toma nota. Evade las preocupaciones aristotélicas, el fraseo sonoro, rimado, de tus textos: no alargues frases ni persigas finales; no oscurezcas donde hay luz; escúchate, lee mejor y descansa más. Tal vez los próximos mejoren y te hagan sentir más cómodo con tu estilo, sin olvidar a la persona que luego leerá.
Hasta entonces, te quiero».

Las pertenencias

Manchado en sangre fue encontrado un ejemplar de La Biblia Gnóstica del escritor Samael Aun Weor entre los restos mortales de Guillermo León Sánchez Vargas, mejor conocido por su alias de Alfonso Cano, jefe guerrillero de las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia). Para los forenses nacionales, la revelación careció de la sorpresa que sí impactó a los black ops de la CIA, presentes en el lugar de los acontecimientos, quienes lo confiscaron de inmediato ante la evidente torpeza de los especialistas criollos. Rayado a lápiz, con cientos de observaciones a pie de página -muchas de ellas aún ilegibles-, el ejemplar sigue siendo pieza clave de una investigación en curso, aún sin desclasificar, que la agencia sostiene desde 1947, año de su fundación.

El destino del patrón

Antes de caer abatido, Pablo Escobar insistió ante su biógrafo que él no era responsable de los magnicidios que le atribuía el estado colombiano. Al menos, no el de Galán, detonante de una persecución encarnizada cuya culminación aguardaba por él en la terraza de esa casa de interés social, su refugio por dos meses. Todo era un complot, decía, del que él había sido instrumento, «Es que usted no sabe quiénes están detrás de todo esto», fueron sus últimas palabras antes de intentar el escape que concluyó su vida, minutos después, a manos de mercenarios entrenados por el gobierno israelí.

30 de enero de 2069

Por voluntad expresa de las partes (Paul, Yoko, Ringo, Dhani y la familia Preston) cada centenario del mítico concierto de la azotea será recreado hasta el final de los tiempos.
No se escatimarán recursos o escenarios —esto en la contingencia de una extinción masiva o la desaparición del planeta—; la única condición, impuesta por Paul, es que cada reunión será concreta: no hologramas, no virtualidad, los cuatro fantásticos más Billy Preston, en versiones cyborg programadas para durar 60 minutos, interpretarán el repertorio de ese histórico jueves.
Ante el anuncio, la industria biotecnológica ha observado una apreciación inédita en el valor de sus futuros, pese a la veda de 20 años para trabajar en el material genético de los sobrevivientes.

Liu Cixin, culpable

Requerido por el Partido Único, Liu Cixin (刘慈欣) anticipó su sentencia antes de ser proferida: dejaría de escribir por 15 años para asumir su reeducación con las cabezas más prominentes del partido; abandonaría toda comunicación con Occidente, incluso con sus compatriotas; su agente literario, traductores y colegas, al igual que su familia, no establecerían vínculos con él durante la sentencia; su esposa es hija, refractarias a leer sus novelas y cuentos, lo acompañarían al centro de rehabilitación y serían recluidas en celdas aisladas en cumplimiento de la pena. Esta vez, Occidente (es decir, su poderoso agente en Londres, con oficinas en Estados Unidos, y su sello editorial) no puso el grito en el cielo, como lo hizo con Salman Rushdie u otras figuras menores del establishment literario. ¿La razón? Aparte de las desgastantes tensiones que supone la defensa de las libertades, su correlato financiero no justificaba una labor de cabildeo y parasitarismo social. Además estaba claro que Liu reveló en su trilogía importantes detalles de la estrategia geopolítica de su país. Tanto su agente como su editor habrían advertido al escritor de su torpeza, pero éste, deslumbrado por el impacto mediático de Julian Assange, Edward Snowden y Chelsea Manning, había asumido que su aporte al zeitgeist sería determinante para un cambio global. «Una nueva revolución», le gritó a su mujer, embriagado en la redacción de las líneas finales de El Bosque Oscuro, segundo volumen de su superventas. Sin embargo, el impacto en caja no tradujo en acciones reales, lo que frustró a Liu, quien había medido su revelación en términos de ilustración y distribución viral de sus ideas. Cuando fue sometido a reeducación, en los archivos confiscados por el Partido Único se encontraron borradores panfletarios a favor del terraplanismo y la industria pornográfica nacional.

Risas enlatadas

«Entre lobos no hay lealtades» era la frase preferida de A, tiburón de los negocios, capitán de la industria, prohombre, defensor de la moral, ciudadano emérito, desaparecido sin dejar rastro quince años atrás. En su empeño por encontrarlo sucumbieron las fuerzas militares extranjeras, las más brillantes mentes detectivescas, la tecnología de punta y el azar. Incluso su familia, que por años sostuvo la versión de un secuestro a manos de ilegales, no quiso aceptar la fuerza de los hechos hasta último momento, pese a que las evidencias eran crudas, palmarias, irrevocables. Por lo que, ante el féretro de roble, vacío en su interior, congregadas las fuerzas vivas de esta vieja y sucia ciudad, el llanto por su ausencia fue épico, absoluto, trágico. Lo lloró su esposa, casada con él por 50 años, piadosa y magnánima, que había organizado el complot en líneas generales, fastidiada por la prole que golpeaba a su puerta demandando sus derechos; lo elogió su segundo, probo y apocado, hastiado de una carrera de abusos y bajezas, que dispuso una bodega vacía para la ceremonia final; lo ponderó su secretaria, eficaz y terca, juguete roto de afectos y vacilaciones que nunca pudo darle el hijo que buscaba en ella, al organizar la agenda que seguiría estrictamente su bastardo, el ejecutor, sin alcurnia ni apellido, pero que estaba ahí, ante el féretro, ofreciendo unas palabras respetuosas ante el padre ausente mientras el primogénito, inútil, callaba, en su distancia monaguesca, las incontables veces que había recurrido a su ayuda, siempre negada, para salvar esas deudas de juego y vicio que el prohombre no compartía pero que, secretamente, envidiaba, él, un coloso, ajeno a las bajezas de esas mujeres y hombres sobre los que había construido un emporio, defendido la moralidad, restringido libertades y limpiado el camino de competidores, menos épicos que él, que ahora musitaban en voz grave el evangelio de la misma manera como en aquella tarde aplaudieron a rabiar el impecable proceder de los matarifes. En la segunda fila, los políticos, incluido el presidente -quien dejó su discurso para el final- guardaban silencio al recordar que habían visto pasar el mismo carro dos veces en quince años (la primera vez cuando el prohombre ignoraba que iba a enfrentar su destino, la segunda cuando ese mismo vehículo tomaba el camino de vuelta, con el féretro vacío, hacia la catedral); detrás de ellos los banqueros, que franquearon infinitas cantidades de dinero para que los coronoles, ascendidos de capitanes en la época en que A desapareció, realizaran un operativo limpio e impecable que figuraría, algún día, entre las magnas obras que consolidaban la república, misma que ahora, congregada como una fuerza viva alrededor de un cajón, el Presidente ensalzaba en un grandilocuente elogio, destinado a perdurar por las vetustas rotativas que construyeron el mito del prohombre ante las masas hambrientas, sin destino ni esperanza, agolpadas en la calle a la espera de dar un golpe a esa jauría protegida por soldados rasos que juraron fe en una causa que ni ellos mismos se atreven a creer. Dada la importancia del momento, el presidente se permitió la anécdota de referir la última llamada que él, cuando fue alcalde, recibió del prohombre a las 3.59 de la tarde en que no regresó...llamada que dejó en altavoz mientras encendía un cigarrillo a la memoria de ese viejo hijodeputa atrabiliario que había puesto la plata para elegirlo pero que, en contadas horas, dejaría de ser un obstáculo para todos. Recuerda el máximo dirigente que A le reprendió con «cariño y franqueza» por el aumento de la vagancia en las calles, ordenándole limpiarlas de inmediato -como si fuera él el que mandara, y no yo, grandísimo malparido-. Tal era su talante cívico, «inquebrantable» en palabras del presidente -que ordenó burocráticamente el silencio de aquello que necesitaba pasar sin ser visto, callar sin ser hablado, romper sin ser notado- que hoy, en este magno y triste evento, nos congrega alrededor de valores que no debemos descuidar, pese a que el tiempo, implacable, nos aguarda al final. Dios y patria, señoras y señores. Así concluye esta farsa con un aplauso ostentoso y liberador de los asistentes, protegidos por dinero, sangre e intereses. El muerto al hoyo, el vivo al baile.

Vibras - feat. Thom Yorke

Las posibilidades de una colaboración entre la faceta dj de Thom Yorke y el reggaetonero J. Balvin surgieron después de que éste posteara una foto juntos a la salida de una de las presentaciones de Yorke, en abril del año en curso. Balvin, cuya lucha contra la depresión crónica había sido capitalizada por su equipo de PR, afirmó que el encuentro con Yorke fue «espontáneo» y «positivamente transformador», lo que significó un giro drástico para su carrera, que sería muy bien aprovechado por su mánager y estrategas. Por los lados de Yorke, absorto en la promoción de Tomorrow Modern Boxes -un conceptual IDM que no cuajaba en ventas e impacto cultural- al parecer fue un episodio anecdótico, de escasa relevancia, dada la forma en que sus PR manejaban la sofisticada, en ocasiones hermética, imagen del artista: en ese momento, crítica y medios generalistas ponderaban la alta estima que éste tenía de la naciente obra de Billie Eillish, por lo que un devaneo after con un cantante urbano, ajeno a la órbita creativa del líder de Radiohead, no superaba dos o tres segundos de exposición en TMZ. Sin embargo, los meses siguientes vieron el florecimiento de un Balvin cercano, espiritual y musicalmente, a Yorke. Algunos de sus singles más ponderados de esa época cuentan con loops y sampleos de The King of Limbs, The Eraser y Amnesiac. El colombiano, quien lanzaba producto cada semana, entró en una onda introspectiva, autorreflexiva y críticamente meta, muy bien recibida por Pitchfork; en una de sus reseñas subrayaron los vasos comunicantes entre la propuesta urbana y la pintura gélida de Bloom, Morning Mr. Magpie, The Pyramid Song, envueltos en la cadencia, tan cercana al género urbano, de Lotus Flower. La apropiación cultural, un término tan caro a los sociólogos y antropólogos del tercer mundo, apareció en boca de comentaristas musicales de Estados Unidos e Inglaterra, sorprendidos por la evolución estética y temática del colombiano. El norte se tomaba al sur y el reggaeton, un género feminista, bailable y rompe pistas, comenzó a moverse en ese sentido luego de la aprobación mainstream anglosajona. Al principio con rechazo, lo que traía buenos recuerdos a los más avezados, que comparaban la deriva de Balvin con la «traición» de Bob Dylan al folk: Maluma, su epígono fashionista, quedó relegado al olvido cuando intentó copiar a Blur; Bad Bunny postergó su álbum colaborativo dada las reiteradas ausencias del artista, tanto en el estudio como en los grupos de WhatsApp compartidos; los puertorriqueños no estaban entusiasmados en procesar una asimilación más y Rosalía, preocupada porque su carrera estaba estancada en España, decidió hacer un Almodóvar y firmó un contrato con Amancio Ortega para una línea de chonis transgénero que serían la inspiración de su siguiente álbum, un flop absoluto del que aún no se recupera. Mientras Balvin se adentraba en la sonoridad temática y estilística de Yorke, éste aparecía más colorido y expresivo en su outfit y sonido. Percibido como curiosidad, los comentaristas dejaron pasar las primeras fases de un Yorke exultante y performativo, más cercano a Flying Lotus y Thundercat, que a Four Tet o Burial; pero no pudieron seguir haciendo la vista gorda cuando Thom, en un deje kardashiano, abrazó la rudeza básica del género urbano en demos de lo que sería una colabo entre Balvin y él, filtrados al parecer por Nigel Goodrich, muy preocupado por el devenir de quien fuera protegido y amigo. El tema dio de hablar el resto del año mientras Balvin, ahora mejor amigo de Michael Stipe, se mostraba abierto a seguir la línea de referencia sexual que Sam Smith promulgaba en sus conciertos. La crítica mantuvo las alabanzas al colombiano al tiempo que cobraba, implacable, los devaneos al inglés que, por lo visto, se remontaban a las épocas de Ok Computer. Algunos asociaban ese resentimiento a la pérdida de la aureola de alguien pretendidamente impoluto. Como si de cualquier Chris Martin se tratara, Pitchfork ocultó de su web las críticas favorables a Radiohead y a la obra solista de York. Hasta The Sun se involucró al publicar una foto de Ed O´Brien, Phil Selway y los hermanos Greenwood, Johnny y Colin, haciendo a Thom de lado en el estudio de grabación. Para año nuevo, la colaboración sugerida no había cristalizado, mucho menos la BSO de Yorke encomendada por Netflix. A su manera, los PR de ambos desmintieron cualquier rumor que vinculara a los artistas; Balvin, en tono comedido, ponderado y distante, definió a Yorke como su «gran influencia» mientras la gente de Thom borraba de Internet cualquier vínculo relacionándolo con el colombiano, tratamiento parecido al lanzamiento del último álbum de Radiohead, ése, el de 2016.

Sin embargo, en la web profunda se encuentra una edición curada y remixada de Vibras hecha por Thom, cuyo precio en bitcoins está al alza. Será canónica, por supuesto, como Yhandi, de Kanye, liberada por su suegra, Caitlyn, en venganza por las bromas del gran amigo del artista, el comediante Dave Chapelle.

Borges.C64

Intrigado por las posibilidades que la computación ofrecía a su obra, Jorge Luis Borges, en su último viaje a Estados Unidos, se hizo comprar una computadora. Con el objetivo futuro de escribir un hipertexto, el autor habría recibido la ayuda de un ingeniero neoyorkino en el esbozo de unas líneas de código.
A pesar de la buena voluntad del ingeniero y el entusiasmo del autor, los constantes viajes de éste impidieron la realización del proyecto. Sin embargo, del encuentro de ambos quedó un disco magnético, etiquetado como Borges.C64, catalogado en el archivo del escritor y percibido por los académicos como una curiosidad de museo antes que como un aporte significativo para el canon de su obra.

En un acto exclusivo para conmemorar el centenario de su muerte, la reliquia fue abierta en una unidad de época. Su contenido ha causado asombro entre observadores y especialistas. Según ha sido descrito, el archivo es el boceto de la visión que Borges tenía del infierno: un panóptico de arquitectura intangible que iteraría los 33 cantos de la obra dantesca, narrados por el mismo y ambientados con una banda sonora mínima: el sonido de cubos de hielo golpeando contra un cristal, ad nauseam.

El revisionismo y Roberto Bolaño

El autor se encontraba a la mitad del Atlántico curando una playlist para Spotify.

Por supuesto, dudaba: Bolaño tenía que responder a un un delicado balance de conveniencias entre españoles, argentinos y mexicanos; chilenos, salvadoreños, colombianos…los demás, bueno, anomalías o notas al margen.
No era fácil para el autor, que comparaba la tarea como elegir entre Kurt Cobain o Víctor Jara: tantos poetas nacionales, cuyo ascenso se pretendía imparable gracias a la fuerza de sus propias camarillas; tantos narradores de un solo volumen sin registro en las bibliotecas; tantos bustos imaginados, a la espera de un parque donde pudieran ser cagados por las palomas…No, no lo era. Tampoco fue fácil para él, cuya fama tenía mucho de accidente, de diaria labor de ensalzamiento, pose iconoclasta y reverencia consecuente. Cortesano, llegó a decirse a la mitad del vuelo.
A punto del colapso, Bolaño miró esa magma negra llamada Atlántico. Recordó la escena en que uno de sus personajes topaba en un parque del DF con Paz. La agria recriminación por los finales perdidos. El autor recobró la confianza: recordar la lucha, vertida en su expresión literaria, fue útil para superar el episodio, concluir la playlist y escribir unas cuantas parrafadas que destinaría a su nueva novela interactiva.
Respiró profundamente y dedicó un pensamiento al poeta laureado, muerto antes que él.

ワタヤ サン

Habituado como estaba a franquear espacios, Noburu Wataya cruzó el umbral de mi habitación bogotana en un día de abril del distante 2011. Escribía a mano el título de esta entrada, lo que me producía goce porque sabía de mi experiencia como calígrafo en otra vida. Pero abajo del trazo firme en carbón no había más que la bruma gélida de la hoja en blanco. Hasta que encontré la mirada de Noburu y supe qué vendría a continuación. Después el gato siguió su recorrido por mi habitación, sin inmutarse por lo que dejaba atrás. Entró a la cocina y desapareció.

Layla, 1992

Es difícil que armonicen—tienen a Lizzo, Beyoncé, Rihanna— ... no les importa el tiempo. Les importa a ellas. Si Patty hubiera entendido eso. Si las groupies lo hubieran entendido... man... ella habría sido una pionera, pero no fue así. No la culpo, aunque ella reclamará royalties por cada mala versión que haga. De eso se trata vivir: de no saber.

El día que Kurt Cobain cayó de la bañera

En una de sus cuatro vidas, Kurt Cobain cayó de la bañera. Estuvo inconsciente por tres minutos. Fue la beba, Frances Bean, quien lo encontró. Abajo en el garage, Courtney le hacía una fellatio al camello que surtía de drogas a la familia Cobain-Love.
No había nadie que pudiera ayudarlo.
Era 5 de abril.

En una entrevista exclusiva para Rolling Stone, Kurt describiría su sufrimiento durante esos tres minutos. Fue una pesadilla sin final aparente en la que Courtney y el camello organizaban un complot para matarle con el rifle que le regaló William Burroughs en la primavera del noventa y tres. Le dispararon en el garage justo después de que Kurt los descubriera copulando sobre la mesa; ambos venderían la idea del suicidio, corroborada por la usual torpeza policial. Asistiría a su velorio, y posterior cremación, mientras era triturado por los medios, que lo ubicaban en el nefasto club de los artistas muertes antes de los 30. Después contemplaría la desintegración de lo que más amaba, su banda y su familia. Novoselic, un cero a la izquierda, Grohl, de esencia traidor, haciendo réditos con una banda mediocre en la que tocaba ese eterno segundón, Pat Smears. Le dará la razón a Frances Bean en alejarse de su madre; Courtney, mientras tanto, posará de viuda, hasta que su destino final se cumpla... muchas vidas adelante.

Lo que más le dolerá a Cobain, que tiene en alta estima su obra, es que su mensaje se habrá diluido entre repeticiones televisivas, rockumentales, y camisetas estampadas con su figura, repetidas hasta el cansancio alrededor del planeta. Hasta un español escribiría un libro sobre él. Pero nadie, absolutamente nadie, prestará atención a sus canciones.

—Fuck, man —le dijo a Jan Wenner, mientras apretaba su biblia de cuero— I screwed all things up.

Cigarrillos

Durante 25 años, H caminó el trayecto de vuelta a casa en 25 minutos o su equivalente en cigarrillos fumados, un total de 6, encendido cada uno con la colilla del anterior, sin pausa, sincronizados desde el momento en que cerraba la puerta del negocio hasta que golpeaba la de su casa, abierta por su esposa, Q, 12 años juntos, que lo esperaba para cenar un menú invariable y casi espartano de sopa, dos tajadas de pan para él, una taza de avena para ella y un café negro, sin azúcar, para él, su penúltimo, antes de pasar a la sala, encender el televisor, ver el noticiero y beber, esta vez sí, el último antes de las 12 de la noche, cuando subía las escaleras, lavaba sus dientes y dormía en el sofá frente a la cama de su mujer, con quien había llegado a un acuerdo amigable de separación e intimidad compartida que les reportaba a ambos la tranquilidad suficiente para coexistir sin afrentas o desengaños.

Cada mañana H regresaba al trabajo sin fumar un cigarrillo, con el aliento que la nicotina aún no le había arrebatado silbaba para acompañar el gorjeo de los pájaros o barruntaba para amplificar el crujir de las ramas contra el pavimento, mismo cuyas grietas conocía de memoria por más de dos décadas y que repasaba mentalmente mientras silbaba o barruntaba aunque, ocasionalmente, de esas mismas grietas surgía una que otra vocecilla que él disipaba elevando una nota o respirando más fuerte, con la creencia de que hacerlo le mantendría concentrado en las labores del día, que repetía sin césar desde que tenía memoria.

Su primer cigarrillo era a las 9 am, 25 minutos después encendía otro y así sucecivamente hasta la hora de almuerzo, cuando suspendía el hábito para enfocar su energía en el almuerzo espartano que su esposa cocinaba en casa (sopa, dos rebanadas de pan, un café negro), para retomarlo después de 25 minutos hasta el final de su inalterable jornada de trabajo: cuadrar las cuentas, ordenar las mercancías, bajar las cortinas, asegurar las puertas, en el mismo tiempo, sin interrupciones, metódicamente, un cigarrillo tras otro, H bajando la calle, ahora en silencio las grietas del pavimento, sin pájaros, las ramas barridas por el viento.

En ocasiones ocurría que H realizaba un mal movimiento y dejaba caer un cigarrillo en el pavimento. El accidente no detenía sus pasos, pero le forzaba a disminuir su ritmo para que los pitillos le duraran hasta medianoche. Sin embargo, esta vez no fue uno sino varios los que cayeron al suelo. Sorprendido por el accidente, hizo una relación de los cigarrillos que le faltaban para llegar a casa. La cifra le convenció de que si apuraba no llegaría con material hasta la puerta. Allá no guardaba reposiciones. La calle de luces apagadas y silencio posturbano era un infierno del que H no podría escapar con prontitud. Detenido, escuchó las voces de las grietas que cada mañana acallaba con sus silbidos. De lo que conversaron es mejor callar. H vio llover. Algunos conductores reportaron la anomalía. Coinciden en que el hombre miraba hacia los árboles con una mezcla de ironía y desilución: como si la presencia de esa luz celestial no fuera suficiente para paliar su angustia.

Mapa de calores

F conoció a J en la salida del metro. Amor a primera vista, pese al reciente divorcio de F con H... Sin embargo para J era su primera vez. Dos citas después, F y J comenzaron su historia juntos ante la sorpresa de H y N, ex de J, que aún tenía esperanzas de regresar antes de concluir !!!. F y J planearon un destino grandioso que superaba las expectativas de sus anteriores relaciones: viajar, tener hijos, comprar una casa, fueron opciones barajadas en los primeros días de su amor. Anunciaron su unión en Facebook con una foto de ambos en la playa. Y de ahí en adelante vivieron el día a día de una pareja del siglo, entre notificaciones del celular, tarjetas de crédito compartidas y salidas al bar cada viernes. Una que otra vez iban a actividades de sus trabajos para actualizar al mundo que seguían juntos. En ocasiones, F o J recordaban la grandilocuencia conque iniciaron su vida y deslizaban por ahí las frustraciones de no haber cumplido las promesas de los primeros días. Hasta que apareció X, a la entrada del supermercado, quien flechó a J e iniciaron una relación paralela. F, ajeno, descubrió la infidelidad y reaccionó con indignación —muy esperable, según le dijo X a J, quien daba largas a la idea de J de romper con F y mudarse a la casa de X; tampoco era de guardar chats o intercambiarse fotos, en su justo medio X, sin ceder o pretender demasiado. Abocados a un divorcio, F y J iban cerrando los episodios de una vida juntos sin mayores acontecimientos. En ocasiones, era J quien trataba de regresar a los tiempos en que fueron felices, pero F era refractario al recuerdo. Por su lado había conocido a A, con quien compartía algunos momentos de solaz, reconociendo que lo de J fue una gran oportunidad para amar. X, sin mover un ápice, seguía viéndose con J, sabía lo de F con A, y no tenía ninguna intención de trascender. A, sabiendo de la poca claridad de F, tampoco apostaba a futuro. Una noche F y J se cruzaron unas cuantas palabras por una nimiedad. De las palabras pasaron a los platos, de los platos a las palabras, de éstas a los besos, luego a las caricias, al final al sexo. Aunque se emparejaron, las claridades eran necesarias. X y A eran esenciales para F y J. Funcionaría, por supuesto, si pretendieran menos y realizaran más. Un año después, A, F, J y X, bebían en la terraza mientras conversaban sobre la vigencia de las antiguas historias de amor, en las que al final alguien terminaba sacrificado por el egoísmo del otro.

Genealogía imposible

Como es de público conocimiento, en 2004, Shishaldin, artista moderna, solicitó una autorización al gobierno francés para un matrimonio póstumo con el poeta Isidore Ducasse, Conde de Lautréamont. El gesto pasó inadvertido en los medios generalistas franceses, huérfanos de poetas desde el siglo XIX. Sin embargo, los seguidores más fervientes del conde, así como wikipedistas encarnizados, prestaron atención a los movimientos de la mujer. Diez años después, un equipo de genetistas exhumó los restos de un NN enterrado en un promontorio cerca a Greenwood, Mississippi, al que los lugareños atribuían la identidad de Robert Johnson, el bluesman que conversaba con el diablo. La verdad fue una revolución para musicólogos, historiadores y wikipedistas. En un giro inesperado, los restos del bardo satánico fueron expatriados desde Estados Unidos a Francia, donde eran esperados por la "novia negra", Shishaldin. Blindada por la legislación francesa, que favorece la poligamia concomitante, la artista contrajo nupcias con Johnson y, en medio de la celebración, anunció una gira mundial con hologramas de sus dos esposos acompañados por figuras del hip hop de entresiglos. Por supuesto, en un futuro próximo, sin definir. Apoyada por tecnología de punta en genética y revolucionarios avances de IA, Shishaldin tiene como empresa replicar hasta el más mínimo detalle de sus maridos, no solo con la intención de hacer el espectáculo vanguardista del siglo, sino también con la pulsión íntima de dar a luz, por primera vez, un clon que cuente con el ADN combinado de Lautréamont y Johnson.

El equívoco

Hasta su último suspiro, Nora Joyce, née Barnacle, no cansó de repetir a quien quisiera escucharla que el 16 de junio de 1904 su primer encuentro sexual no fue con James sino con W.B. Yeats, que la tomó "por la puerta trasera, sin tocar dos veces", mientras Joyce fungía de espectador pasivo y elogiaba la fáustica virilidad del poeta con palabras de grueso calibre.