100 ficciones y prosas, ideadas y escritas por Héctor Delgado.
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El hombre que nunca dijo una palabra de amor

Belia fue una de las pacientes más lúcidas que tuve la fortuna de asistir durante mi residencia en el hospital. Tenía un elevado sentido de autoconsciencia, lo que facilitaba una relación honesta entre médico y paciente. No temía a lo inevitable, pero tampoco estaba dispuesta a hincar la rodilla antes de que su tiempo llegara. Sus frases mordaces, así como su tenacidad, eran ejemplares. Después de un tiempo de su partida, aún siento su presencia recorriendo el pasillo frente al jardín. La estoy viendo, sonriéndome, mientras empuja su carro hasta la fuente. A Belia le gustaban los "baños de sol", esos breves instantes del atardecer en los que era permitido salir a estirar el cuerpo por las instalaciones. Cada vez que contaba con tiempo, me acercaba a ella. En pocas semanas, narró, por el placer de narrar, la historia de su vida; de dónde vino y hasta dónde llegó, su esposo e hijos, los nietos, la hija con la que nunca volvió a hablar por algún incidente que prefirió omitir, los descalabros económicos, los sueños nunca cumplidos...la vida de una madre inmigrante en color sepia.

Esa vez, a finales de junio, Belia estaba sola al lado de la fuente. Ningún enfermero o residente. Tampoco pacientes. El ruido del agua era su única compañía. Momentos después regresó a su habitación. Cuando hice la ronda, apuré los turnos con los demás pacientes porque me preocupaba que ella estuviera sufriendo una recaída en su ánimo. Antes de proceder como médico, preferí tratarla como un amigo. Revisé sus vitales, le ofrecí un vaso de agua, y me senté a su lado. Sus ojos estaban aguados. Extendió su mano derecha para desplegar una imagen, luego apuntó a un bulto pixelado, detrás de un grupo de personas sonrientes, en sus veintes. "Con tanto tiempo que ha pasado, aún me acuerdo de él", dijo, "Era el hombre que nunca dijo una palabra de amor".

"Es una suerte que la tecnología para las imágenes haya mejorado en los últimos años", le sonreí mientras expandía al máximo la imagen, un gesto que ella agradeció con sus ojos tristes. "Eran épocas en las que nadie estaba disponible al pulsar de un clic", respondió, "Hoy ustedes tienen el mundo en un escaparate, por el que pasan y nunca se detienen". Puse en su boca el pitillo para que bebiera agua. Afuera comenzó una lluvia calma que acompañó sus palabras. "Nunca supe su nombre, pero sí conocí quién era. Cada tarde llegaba al café en el que trabajaba, se sentaba en la misma mesa, abría un libro y se concentraba en la lectura por unas cuantas horas. Yo entraba y salía con los despachos, lo miraba con curiosidad y continuaba con mi trabajo. De lunes a lunes, el mismo libro. El café se llenaba con los oficinistas, las parejas, los otros contertulios. El no conversaba con nadie. Estrujaba su frente con una mano mientras la otra pasaba, o devolvía, las hojas. Tomaba mucho tinto. Estimo unas 6 tazas. Fumaba la misma cantidad de cigarrillos. Se levantaba a las 9 de la noche. Mi turno era hasta las 10. Pagaba y salía por la puerta, con el libro entre su brazo. En este café trabajé hasta antes de salir del país. Allí me conocí con mi marido e hice muchos amigos, ésos que usted ve ahí después de una tarde de toros. Lo miraba con curiosidad, pero un día me devolvió la mirada, y el mundo giró para mí. Los años no pueden quitarme el color de sus ojos, la sonrisa a medio dibujar, y el guiño, entre atrevido y tierno, que me brindó cuando nuestras miradas se cruzaron. No podía atenderlo porque esa mesa estaba asignada a una mesera con la que no me llevaba bien, pero pasaba con regularidad y le sonreía. Fue platónico, cuando esa palabra tenía todo el sentido del mundo. Años pasaron en ese tira y afloje, él con su libro, yo con mis mesas. El que iba a ser mi marido se me propuso a las afueras del café, yo acepté, porque era lo más natural posible. Pero le confieso que me gustaba entrar y verlo cada tarde. Muy pocas veces recuerdo verle tomar una cerveza, pero ni cuando llegaba ese momento su actitud cambiaba: fruncía el ceño mientras pasaba hoja tras hoja de ese libro. Para las otras compañeras, y los dueños del café, era un estudiante más, con la plata justa para el café. Para mí, era alguien singular, del que imaginaba un destino bohemio, con su habitación, su libro en la cabecera de la cama, su armario con abrigos y camisas, sus caminatas errabundas por las noches. Créame, nunca me le acerqué, ni él tampoco".

Belia me tomó la mano. La sentí tibia, como si fuera el último arrebol de la tarde entre mis palmas. "Esa foto nos la sacaron en mi último día de trabajo. En ese momento, no lo sabía. Fuimos a toros a ver a Enrique Ponce. Recién comenzaba en su carrera, pero ya deslumbraba. Lo poco que sé del toreo es por culpa de mi marido, taurino de ley. A mí me gustaba por el riesgo del hombre ante la bestia. La lidia para sobrevivir, como era desde tiempos antiguos. Ponce salió en hombros de la plaza. Había un ambiente de fiesta en los alrededores. Fuimos con los amigos al café para tomarnos una cerveza, pero antes nos hicimos la foto con la cámara de mi marido. Estábamos todos, los que veníamos de antes y los que quedaríamos después. Mi marido me dijo algo al oído. Mírelo. "Nos vamos esta semana", eso me estaba diciendo. El venía tentando la posibilidad de salir del país antes de que todo se fuera al demonio. "¿Para dónde?", le pregunté cuando terminaron la foto. Con su mirada lo dijo todo. En la mesa nos tomamos varias rondas y, muy al final, entre brindis por el futuro, el anuncio se realizó con la solemnidad del caso. Como ambos éramos de impulso, esos cuatro últimos días pasaron como torbellino. Yo trabajé hasta el día anterior al vuelo. Entre el afán por arreglar las cosas, me olvidé de él, hasta que, muy al final del turno, volví a verlo, sentado en su mesa, leyendo. No supe qué hacer, mañana estaría en otra parte, y él seguiría allí. Cómo se mueve el mundo, sin que nos demos cuenta, y todo es como un escenario, nada está firme, nadie se queda quieto. Recuerdo volver a la cocina para encontrármelo, en el quicio de la puerta, sonriendo como la vez anterior, años atrás. Me tendió la mano entrecerrada. Al abrir su palma había una figura de papel. La tomé. Nos miramos. El recuerdo es tumultuoso, alguien se entrometió: era la compañera con la que nunca me llevé bien. Cuando me di cuenta, él ya no estaba ahí. El mundo giraba, y esta vez era demasiado veloz como para quedarme quieta. No volví a verlo. A la mañana siguiente, mi marido y yo abrazábamos el futuro. Llegamos a este país sin papeles, pero con todas las ganas. Nunca nos fue mal. Altas y bajas por 50 años. Un día, en una mudanza encontré un paquete con fotografías. Degradándose por la renuncia de los químicos, estaba ahí, contemplando este futuro. Tardé en recordarlo, pero hasta esta noche, cuando cierro los ojos, vuelvo a verlo, íntegro, en el café, leyendo ese libro con el ceño fruncido, el tinto y el cigarrillo. Y siempre me pregunto si es más real esta cama o ese momento en el que, con frenesí, cruzamos las miradas".

Belia cerró los ojos al concluir su relato. Al dejarla, puse su mano en el pecho. Mientras su respiración se espaciaba, el ruido de la lluvia inundaba los espacios vacíos que iba dejando su vida.

El vulvófilo

Durante el tiempo que permaneció ingresada, María Guerrero, una actríz caída en desgracia por un sospechoso accidente laboral, no dejó de repetir a quien quisiera escuchar la historia del vulvófilo.

No tuve el privilegio de sentarme con ella, porque mi área de práctica se encontraba en el pabellón anexo. Sin embargo, por mediación de un compañero pude obtener un permiso para conversar con ella. Postergué el encuentro sin motivo, hasta que alguien me informó que la enferma había recaído en una crisis de la que no saldría.

Lamenté no haber conocido de su propia boca la historia. Pero uno de los médicos, sabiendo de mi vena narrativa, me brindó unos documentos escritos por María.

Lo que a continuación leerá es una transcripción y edición de fragmentos escritos, presumiblemente, en los primeros días de reclusión de la actriz.

"En 2012, conocí a Rael, así se hacía llamar, porque era un amigo de un amigo al que había perdido la pista luego de concluir mis estudios de arte dramático.

Meses después, supe por boca de Rael, cómo había concluido Alberto, el amigo en común. Al enterarse de una verdad inconcebible, Alberto se quitó la vida lanzándose al vacío desde un noveno piso. De esta manera, uno de los actores más talentosos de esta generación, retornó su cuerpo sin vida a las páginas de la sección judicial de los periódicos. Rael no quiso contar cómo tenía esa información, tampoco la verdad que había motivado al suicidio de Alberto. Por la crudeza en la exposición, además de unos detalles familiares para el círculo más íntimo de amigos de Alberto, supe que no mentía. Lo despreciaba al actor, tanto como lo hacía conmigo. Recuerdo llorar mientras Rael me embestía. Intentaba no pensar en Alberto, reventado contra el pavimento. Pero la imagen de las vísceras esparcidas iba y venía, sin piedad. Rael no concluyó hasta dejarme exangüe. Luego me abandonó en ese lugar, sin una despedida, como era propio de él.

Entre mi círculo, nadie contaba con referencias de Rael. Algunos sospechaban que ése podría no ser su nombre; otros me advirtieron del peligro que acarreaba frecuentarlo. Aún después de lo que pasó, no es claro para mí cómo llegué a él, tampoco por qué persistí en mantener contacto. La huida y la reclusión en este lugar son escenarios difusos para mi memoria. En contraste, Rael es inevitable en su imagen precisa. No podrán los medicamentos suprimir los episodios, pero sí lo harán conmigo en el lapso de estos meses. Incluso han eliminado mis diarios, páginas en las que registré cada encuentro con él. Desde el inicio, cuando adaptaba La condesa sangrienta... tardes de trabajo en la biblioteca, en donde conocí a Rael, esperándome en un pasillo. Como si fuera ayer, se presentó bajo el nombre de Vulvófilo. Fue consensuado. Me impresionó su destreza. Acordó, ya que carecía de voluntad después de haber sido tomada por él, verme al día siguiente. De la biblioteca pasamos a habitaciones de hotel, y de éstas a lugares públicos, sórdidos, en los que Rael desplegaba su posesión sobre mi cuerpo. Siempre desaparecía, sin dejar rastro, mientras yo intentaba explicar lo que había sentido durante las horas anteriores.

Concluyó todo como inició. Sin saber cómo. En las noches, mientras intento dormir, lo escucho rondar. Algunas reclusas afirman que Rael está con ellas, y yo solo fui quien lo dejó entrar. Un súcubo, dicen. Las que mueren devoradas, son incineradas. Vi, antes de ser transferida a este pabellón, como Rael se desplegaba sobre las entrañas aún tibias de la reclusa. Pido clemencia por esa alma, ya que por la mía no habrá responso.

Cuando regresé a visitarla, El personal de la salud encontraba la manera para que María no concluyera la historia, como si quisiera evitar la revelación de un detalle sórdido que sirviera para identificar al responsable de una serie de feminicidios, aparentemente sin conexión, ocurridos en el distante 2016.

Hecho a escala

Indiferente ante los resultados catástróficos de su proceder, el corredor cerró el periódico, lo dejó en la silla de al lado, apresuró su café y abandonó la sala de espera al mediodía de aquel 25 de octubre de 2008. Lo esperaba un vuelo comercial, cuya reserva había hecho a través de otro nombre. El destino, escogido con anterioridad, sorprendería, incluso, a quien apreciara un conocimiento profundo sobre él. Durante las horas aciagas en que temió por su vida, se repetía a sí mismo la frase "A lo sumo, un año", para concentrar la angustia en un escenario probable, en el que se encontrara con vida. En éste, vislumbraba un regreso impactante, con el brío suficiente para dominar la ciudad de nuevo. Enterró evidencia para postergar la muerte: papeles, identidad, fotografías. Luego, tomó una ruta pedestre hacia el aeropuerto. Según la trayectoria, abandonaría el país en 90 minutos de vuelo; en 6 horas estaría en ese otro lugar, sin tratado de extradición, donde arrendaría un transporte que lo conduciría hasta la jungla, en la que desaparecería antes de regresar a la civilización. Cuando descubrieran su partida, los sabuesos encontrarían un muro imbatible que no podrían escalar. Las leyes del país de acogida lo respaldaban en su impunidad, pero aquella mañana, cuando supo que estaba acorralado, tomó la decisión de obviarlas e iniciar una huída salvaje, sin dar ninguna posibilidad a sus perseguidores de alcanzarlo. Sabía que lo buscarían hasta debajo de las piedras, pero, siempre previsor, les demostraría que, aún en este mundo, hay alguien escondido ante la vista de los demás.
Sus primeros meses los soportó acompañado por niñas y jovencitas lugareñas, atraídas por los dólares que dispensaba sin miramientos; posteriormente, ganó a los padres, hijos y novios, con su carisma de animal blanco. De esta manera, el corredor encajó la ausencia citadina y, sopesando el riesgo de volver, cuando aún sus crímenes no habían sido olvidados, fue postergando la salida un año cada vez, tiempo durante el cual replicó el esquema que tan buenos resultados le había otorgado en su vida anterior, otorgándole un emporio a escala de cultivo, producción, y distribución, conectado con las fuerzas armadas y los partidos políticos del país.
Entre los suyos fue considerado alguien brillante, cuyo narcisismo le acarreó el infortunio; entre extraños, sus debilidades tornaron fortalezas: brindó progreso y terror en proporciones justas para millares, cuyo único destino hasta ese momento era soportar la vida arrancados del suelo. Aprovechó sus conexiones para neutralizar enemigos e impulsó un convencimiento ideológico en los líderes, que garantizó inmunidad y protección para el resto de su vida. Al morir, su legado fue considerado superior a las gestas independentistas, que habian sumido al país en pobreza y corrupción hasta su llegada.
La vida anterior, de la que huyó por necesidad, no alcanzó el rango de anécdota en su biografía.

Aggiornamento

Apremiada por circunstancias vitales, Dora entregó el manuscrito a su editor antes de sufrir el accidente que culminaría con su vida.

El origen del libro, (cuyo destino, marcado por el trágico, pero natural, acontecimiento, aguardaba una traducción inglesa y siete semanas como súperventas), fue una conversación sostenida por la autora con Brandi Love, modelo top en el campo del entretenimiento para adultos.

"...Es como escuchar Lullaby después de concluir un gang bang con 7 BBC" fue la frase que la impactó a Dora, quien la transcribió en su libreta a manera de fetiche. El editor, ex-amante así como descubridor del talento de la escritora, aprobó un borrador inexistente, sin premisa argumental, al escuchar de ella lo que pretendía ser la superación de La vida sexual de Catherine M.

Este escenario no era nuevo para ambos. A finales de los noventa, antes de romper definitivamente, él la había increpado por un cierto "apastelamiento" en la descripción de una serie de escenas eróticas que Dora pretendía transformar en un libro de poemas. La relación, hormonal y adolescente, se transformó en un campo de batalla, cuyos mejores frutos iniciaron con ese libro primerizo, ya no de poemas, que llamó la atención de la crítica mucho antes del advenimiento de la generación feminista, cuya pretensión de autoconsciencia era similar a las intentonas básicas de Dora en sus inicios.

Su segundo volumen, construido a manera de correspondencia entre una mujer y su violador, estaba escrito en un estilo directo de frases incisivas, como picanas en las heridas abiertas de una mujer cuya iniciación sexual fue abrupta, perpetrada por alguien cercano a su círculo familiar. La protagonista se abría a su trauma luego de incidir en comportamientos destructivos contra ella misma a lo largo de sus veintes. El punto de toque fue la amenaza de un potencial feminicidio, cuyas consecuencias la sumirían en un abismo, del que saldría gracias a la escritura y al descubrimiento, "primaveral" como diría el editor, de un amor intenso con un hombre mayor, quien, posteriormente, sería su único marido.

Con éste se mudó a Norteamérica; con éste conoció el esplendor: se inició en la pornografía, el intercambio de parejas y, juntos, compraron un terreno en el que sembraron marihuana de calidad. No tuvieron hijos, lo que incidió en la separación ocurrida en 2015. Al parecer, en buenos términos, por lo que Dora inició un proyecto de retratos femeninos con la idea de publicar un libro de crónicas. Regresar a la escritura fue un impulso para Dora, quien eligió a Brandi, fantasía sexual de su antigua pareja, con la intención de descubrir
ese mundillo que la intrigaba.

Rubia natural de cuerpo esculpido a punta de horas interminables en gimnasio, hacían de Brandi una representante destacada de la franja MILF en el porno norteamericano, cuyas sobresalientes perfomances, grabadas en videos de bajo presupuesto, eran consumidas por millones de hombres, y mujeres, en Internet, que preferían la espontaneidad de la mujer madura al caótico dramatismo de modelos 20 años más jóvenes. Su aire de "girl of the next door", sus valores conservadores, así como cierto amor a las armas, conducían a un camino seguro al estrellato porno. Fue un óptimo timing el de Dora. Brandi conectó espontáneamente con la menuda latina que conocía mejor que ella su propia carrera. Sostuvieron varios encuentros en diferentes lugares de la costa este, muchas veces en Starbucks o en Wendy's durante las pausas de una agenda saturada.

Fue en una de estas reuniones en las que Brandi soltó la frase, cuyo impacto fue profundo en la psique de la escritora. Mientras fumaba un Marlboro en el parqueo, a 30 grados en la noche cerrada, la modelo reveló que esa sensación fue la más cercana al amor, propiciada por un hombre con micropene, en cuyo prepucio había excoriaciones parecidas a las escamas de un reptil.

-Y créeme, los he probado todos, en cuanto a formas y tamaños.-Dijo- Por lo que estoy segura que esa vez fue la única en que sentí eso...tan especial.

El registro era privado. Un afroamericano de Chicago, al parecer funcionario del gobierno estatal, la contactó por correo electrónico. El pago anticipado fue generoso.

-Tiquetes, hotel, auto con chófer. Dos días en su casa de los suburbios. Parábamos para comer o dormir un poco. Lo sentía como un potro, cuando su tamaño no alcanzaba la uña del meñique.

Al principio me negué, pero ya sueltas las amarras me lo metí varias veces a la boca. Al hacerlo, se venía como un niño. ¿Las escamas? Repulsivas, pero descubrí que lamerlas lo excitaba. Nunca pregunté, estaba, ya me entiendes, ocupada. Ahora que lo recuerdo , tenían un sabor particular. Ni muy dulce, ni muy agrio. ¡Squirtle!

La referencia a The Cure era por su primer amor, un chico con el que nunca tuvo sexo. Muerto en un accidente de auto durante un 4 de julio, Brandi conservaba la mixtape, e incluso la tenía digitalizada en su iPhone.

-No es que me guste ese mood, pero cuando estábamos a punto de concluir con Squirtle tuve ese gran orgasmo y esa canción vino a mi memoria mientras mis ojos entrecerrados trataban de enfocar el paisaje que tenía delante de mí.

Las demás revelaciones de Brandi no fueron tan significativas para Dora quien, posteriormente, confesó a su editor que tuvo sexo con ella en su auto. "Fue algo de otro mundo", le escribió en un largo email sobre su experiencia lésbica. Durante el folle, no dejó de prestar atención a la vulva de Brandi: una orquidea nervosa y firme que "succionaba profundamente en la posición adecuada. Parecía hablarme mientras me emparejaba, pero no con palabras...al menos, no humanas. Eran largos murmullos sibilantes. Me agotaba Brandi con su despliegue físico, pero no me soltaba. No nos besamos, pero me devoraba con su vulva, íntegra, sin triturarme, a la manera de un dragón Komodo. Cuando me vine, solo vi su pierna encima de mi rostro. Goteaba algo más espeso que el semen, que caía en mi boca mientras ella me imprecaba con voz entrecortada". Pensaba Dora que hacerlo en su auto era una retribución a una experiencia perdida, la del novio muerto que no desvirgó a Brandi.

Fue la última vez que se encontraron.

Cuando Dora regresó al país, había superado el síndrome de abstinencia sexual. Estaba decidida a mantenerse en estado asexual por el resto de su vida. Al recoger su cuerpo, impactado por un auto fantasma en plena calle céntrica, su iPhone reproducía Lullaby. Canción, al parecer, inolvidable.

Los límites de la susceptibilidad humana

Ante la ventana estás contemplando el último atardecer del mes; el café en la mano, el celular en otra, absorta en el movimiento de unas nubes en el cielo despejado.

-¿Cómo va la búsqueda?, ¿alguna noticia que quieras contarme?

Sin interrumpir tu contemplación, mandabas un gancho de izquierda contundente.

-Estoy en eso. Tú sabes, este asunto de la gripa china...

Para ese momento, cualquier palabra que llegara a tus oídos sería como llover sobre mojado. Alargar la oración hasta que desapareciera, era uno de los ejercicios aprendidos durante la reclusión. Un arte comunicativo cuya virtud consistía en prestar atención a las señales de tu cuerpo para alcanzar la indiferencia absoluta.

Para mi sorpresa, esta ocasión presentó un cambio abrupto.

-Está claro que no encontrarás empleo en el corto plazo. No me llamo a engaños con ello.

Mi sentido de alerta activó un tintineo agudo al interior de mis oídos. Quise elaborar una réplica, o, activar la justificación de unos minutos atrás. Torpe, de mi boca salió un borbotón de sonidos que corrieron la suerte de su indiferencia.

-Yo no he parado de trabajar durante estos tiempos, así como los que están a mi cargo. Tú sabes, gente que vive del mínimo, coge buses y bebe cerveza cuando terminan sus turnos. No me consta que le peguen a sus mujeres, pero, a veces, cuando hablan por celular con ellas, escucho amenazas muy directas si no hacen tal o cual cosa. Tampoco sé cómo se comportan con sus novias, a las que tienen guardados con otros nombres en su WhatsApp. Solo sé que cuando llega el momento del trabajo, nada los detiene. Piden su pausa de tinto y empanada, salen a la calle, donde hay otra gente, igual a ellos con sus necesidades, comen dos o tres, fiadas, se pican, y regresan. Almuerzan una hora. A mitad de la tarde, toman Coca Cola, hacen algo de trabajo hasta las cinco, y se van. Todos los días, no importa si hay cuarenta, o no.

Cada sábado les pago la semana. A veces, les consigno si tengo restricción; otras, tú lo has visto, llegan hasta acá para reclamar su plata. He tenido momentos en que los clientes no cuentan con el recurso disponible, por lo que saco de mis ahorros para estar al día. No quiero imaginarme una situación en la que les incumpla, aunque a veces he estado a punto de no hacerlo. Pero me la juego. A mí, la palabra me importa.

Entonces, te miro a ti.

Con tus títulos, tu elocuencia, tu café de las 6 a.m., librando una lucha ajena a mí. Es épica, inconmensurable. Parece una guerra de siglos en la que has ocupado la totalidad de las posiciones en el campo de batalla. Cuando tomo distancia para apreciarte, descubro que estás empecinado en ganarla. Para ti, no existe una rendición. Es un todo o nada. Lo que, después de todo este tiempo, sigo considerando admirable. Pero es algo que no puedo alentar, ni apoyar por mucho más tiempo.

Me recuerdas a algo que leí cuando estaba en la Universidad. Decía algo como que si brindas ayuda a alguien con los ojos en el cielo, recibirás unas cuantas pedradas como respuesta. O, cuando deseas evitar un incendio y la hoguera se alza, incontrolable, sobre tu cabeza. Es ese momento en el que ninguna ayuda vale, ni ningún remedio sirve. Es un juego de uno solo, el tuyo, el del café matutino, las noticias en la radio, los cómics, los esfuerzos denodados por mantenerte en forma. Sin resonancia. Fútiles, mientras el tiempo corre, la búsqueda no resulta, y nadie presta atención a lo que ofreces. Meras virtudes. Espejismos. Burbujas.

El celular no paraba de enviar notificaciones.
La despedida, tácita, fue mediada en silencio.

Feedback de la voz de dios

Antes que una ficción, este artefacto es un esquema narrativo.

La cronología es la siguiente:

2024: CERN confirma el envío y posterior respuesta, de un correo electrónico a un destinatario radicado en Ginebra, Suiza.

El documento son los dos últimos versos, de siete sílabas, de un Tanka, cuya autoría y materia son resguardados por la fuente. Este fue enviado a las 11.59 a.m. del 24 de agosto de 2016.

1986: el destinatario, allegado a un académico de la institución, propuso este experimento si, y solo si, las condiciones para realizarlo estan dadas antes de 2016.

2008: CERN inaugura el Gran Colisionador de Hadrones

2012: El académico, nonagenario, plantea el reto ante una comisión académica. La utilidad del experimento, afirman, será favorable para verificar las condiciones de retrocontinuidad; sin embargo, por mayoría, deciden no divulgar los resultados hasta cuando exista un ambiente favorable para asumir las condiciones de un viaje temporal primario.

1986: el académico configura un Commodore 64 en la habitación del destinatario. Este, una prestante figura intelectual, con la ayuda de su amanuense, copia un Tanka de la época Tenji (660-672), y dispone que la parte final quede en manos de su amigo.

2013: El académico muere; sus legatarios encuentran el manuscrito, con la rúbrica de ambos personajes. Programadores del CERN redactan un código para enviar el texto al rudimentario Commodore.

1986: El destinatario, visiblemente enfermo, es atendido por sus médicos, quienes dictaminan una agonía "corta, pero dulce"-según consta en los archivos de la época.

2015: Los avances en computación cuántica, rudimentarios, permiten establecer una demostración del experimento. El equipo a cargo plantea la fecha de envío bajo el más estricto sigilo.

1986: A pesar de estar sedado, el destinatario insiste a su amanuense en mantener la atención en la pantalla verde fósforo de su ordenador.

2016: Es ejecutada la instrucción para enviar el documento.

La respuesta, cuyo origen está datada un 7 de junio de 1986, a las 12.02 del mediodía, consiste en los tres primeros versos del poema, con lo que el texto, separado por una distancia de 30 años, ha quedado completo.

1986: El destinatario muere siete días después del contacto.

2019: El Gran Colisionador de Hadrones entra en pausa. Ante la opinión pública el motivo es "mantenimiento estructural".

2020: Wikileaks filtra un archivo con documentos clasificados de CERN. Llamado "Feedback de las voces de Dios", obtuvo un impacto mediático leve. Muchos sugieren que la aparición de este archivo fue un señuelo del NOM. El experimento, materia de este artefacto, fue denominado "Rosa oculta". Expertos atribuyen este título al Tanka apócrifo.

Imaginauta

Es curioso el afecto que siento por las viejas máquinas. Según mi padre, estaban en el sótano desde antes que su padre naciera. Incluso, hay un registro escrito del padre de su padre, en forma de lista, que atestigua un vínculo entre las máquinas y el linaje del que provengo. Sin embargo, no acudo a la genealogía para sustentar mi admiración por esos cajones de hierro, alojados desde tiempos inmemoriales en el sótano de esta mansión. No. Es el sonido de su mecanismo lo que me vincula a las máquinas. Ese gruñido subterráneo en las mañanas, el rugido del mediodía, o, el aullido sibilante de la noche, me acompañan desde que estoy aquí y, muy seguramente, lo harán cuando ya no me encuentre entre los vivos. Su continuidad es admirable, tanto como su precisión para manifestarse en el instante exacto. Aprendí de mi padre que debo estar preparado para cuando ellas actúen, por lo que mi regularidad es fundamental para sobrevivir. Fui advertido, desde que tuve consciencia, de que si no me agarraba a las varandas, terminaría estampillado contra el techo. Otros han muerto por no seguir esta instrucción. También se me advirtió de no cruzar la puerta para salir al porche. Mentiría si dijera que ganas no me han faltado. Sin embargo, el abismo me disuade. Con el tiempo, he clausurado las ventanas para no contemplar el paisaje inmóvil más allá del cristal. Es tan exasperante como las anomalías que he detectado en el funcionamiento de las máquinas. Crujidos, chillidos, e incluso cierta ralentización en sus procesos, me hacen pensar que su funcionamiento no es perpetuo. Por las noches, antes de mi reposo, converso brevemente con ellas. Les hablo muy bajo, en tono quedo, del día concluido. Intento alentarlas para llevar a cabo la tarea que les ha sido encomendada. Sin su esfuerzo, no podré alcanzar lo que, por mí, otros han sacrificado. Pero, sea testigo el desasosiego de que no creo lo que digo. Cuando estoy a punto de cerrar los ojos, recuerdo que esa corta oralidad, ese soliloquio moroso de palabras carentes de idioma, es la única literatura producida por mí en esta jornada. Una y otra vez deseo que las máquinas anticipen mi clamor y detengan su ruido en algún punto del espacio, mientras me consumo en el olvido, marinero del tiempo infinito.

La peste, revisitada: 2028

...No pasará inadvertida la encriptación del documento final, rechazado por editoriales otrora leales al escritor, buscando eludir los ataques sistemáticos de terroristas cibernéticos, cuya intención extrema consiste en suprimir el recurso electrónico, dado que, hasta el momento de la escritura de esta nota, no han podido dar con el paradero de Camus.

La peste es una crítica sin concesiones al Nuevo Orden Mundial, cuya consolidación en 2020 supuso el final de las democracia y el advenimiento del totalitarismo. El entretelón pandémico, que instrumentó y controló a las masas, ocultó un conflicto entre potencias para hacerse a una hegemonía largamente ansiada desde la caída del muro de Berlín, del que el virus fue una herramienta, en principio marginal, y, posteriormente, decisiva para ganar la contienda. El autor limitó sus reconocidas habilidades literarias para entrar a saco contra las cuarentenas, descritas como un recurso despótico de los gobernantes para acumular poder y ejecutar negociados inverosímiles en otro tiempo, la cultura de la cancelación, según él "Un recurso discursivo que olvidó sus formulaciones emancipativas, para impregnar sus actuaciones de actitudes gregarias... mafiosas", y, la pasividad, inducida por la tecnología, para adormecer a las masas en un discurso de miedo, cuyo escalamiento en sí fue un fenómeno nunca antes visto. Camus ingresó en "territorio comanche", al decir de sus comentaristas, en el que buscó no coincidir con el aplauso del establecimiento, "Privilegiados cuya lucidez se mide en la dimensión de la pantalla de retina de su dispositivo", para afrontar la reducción del hombre por el hombre en un escenario que "manipuló la percepción de la opinión al vincular las cifras de los muertos con un producto cinematográfico hartas veces visto". Mientras mueren aquellos que tienen que morir, no necesariamente por el virus, el personal médico afronta el duelo con el melodrama de su "sacrificio" y la exhibición de un dolor tragicómico en las redes sociales, mismos intrumentos que fomentan el miedo e implantan otra capa de corrección política a los lenguajes naturales. En este punto, el autor ha sido enfático en subrayar que los esfuerzos de una humanidad indolente por paliar los dolores que provoca la enfermedad, son "espectáculos cuya ignorancia no deja de ser indignante", ya que son respuestas "pavlovianas" al circuito de estímulos construidos por gobiernos y corporaciones para sustentar la restricción de las libertades. Hay un punto macabro, que el mismo autor enuncia a través de uno de sus personajes, quien afronta tres veces la prueba para detectar la peste y, al final, renuncia a considerarse sano por las presiones de médicos y cercanos, al señalar "La rara casualidad de que los medios de comunicación estuvieran listos para recluirse mucho antes de que la población pudiera hacerlo". Complicidades que traducen, según el autor, un estado de preparación que solo advirtieron pocos, tomados como delirantes, posteriormente reducidos durante el aislamiento general obligatorio. Camus entra a las residencias de los mayores para desnudar el geronticidio, ejecutado por cuidadores provistos con celulares de última generación, mientras las economías locales sucumben a un enemigo silencioso, como lo es la desaparición del flujo de capital. "Un momento histórico para la especulación", no solo de las bolsas sino del rentista, quien nunca sucumbió a la peste, comprando a precios irrisorios propiedades y cuerpos durante la cuarentena. Sin misericordia, el autor expone en largos pasajes la forma en que la hipocrecía corporativa erosiona las actividades humanas: repartidores hambrientos que no alcanzan su destino caen tiroteados por las fuerzas del orden, al tiempo que drones sucumben del cielo por las resistencias hambrientas y post-teconológicas. Incluso se retrata a sí mismo intentando la reivención, tras recibir la crítica de un acomodado profesor universitario, cuyo rechazo a los ejercicios de estilo escritos en su blog durante las primeras fases de la simulación, le obligan a cuestionar su profesión. Camus detalla un panorama en el que el enemigo, la peste, es el trasunto de la humanidad, que ha construido un teatro de operaciones para diezmarse a sí misma. Quien venza, asegura Camus, ganará tiempo y hegemonía. Sin embargo, más que dominar al hombre, la potencia tendrá como tarea restringir la Inteligencia Artificial al rango de instrumento de control. Sugiere que se cuenta con un plazo medio de tres generaciones para alcanzar este cometido antes que el singular teatro de operaciones sea controlado por medios no humanos. El final es angustioso, no hay escapatoria posible, ni siquiera buscando refugio bajo tierra o aspirando a desaparecer en la extensión del mar.

Al momento de su publicación, La peste no le granjearía simpatizantes al escritor. Rescatar los primeros capítulos fue una labor titánica de hackers, ellos mismos amenazados por fuerzas oscuras. Sin embargo, impresos y distribuidos en algunas partes del mundo, luego fueron conectados con el resto del material, disponible en un repositorio brindado por un auxiliador de Camus.

El autor alcanzó a revisar el material final antes de su desaparición en 2024.

Evidencia descartada

-¿Qué hace un escritor que no tiene quien lo lea?.
-Subir sus textos a Internet, abrir un blog, y crear un avatar en Twitter para influir en la opinión de los demás.
-Lo dice usted ahora, en estos tiempos, pero ¿cómo era hace 20 o 30 años?
-Cuando usted ni yo leíamos. Bueno, usted. Si no contaban con la posibilidad de destacar en un periódico local, o de costear su propia impresión, tenían el recurso de dictar cátedra en un salón.
-O fotocopiar sus cuartillas y distribuirlas, digamos, en las colas de los cines.

Jaramillo era un hombre de preguntas intempestivas. Un observador consideraría sus salidas como el delirio de un excéntrico; González, su opuesto, las formulaba después de recorrer un sendero de dudas y recolección de indicios. También, su tono le distinguía, por lo que sus superiores le prestaban más atención que a Jaramillo, a quien reprochaban sus arranques porque, aparentemente, carecían de fundamento. El papel del incomprendido ajustaba con su personalidad, sin embargo, no le daba juego. Ejercía una especie de revancha simbólica cuando entregaba las carpetas con los casos resueltos: impecable en la formulación de los motivos, estricto en la correlación de evidencias y argumentos.Nadie quedaba indiferente cuando Jaramillo daba una investigación por cerrada. Pero esto no lo redimía en los afectos de quienes detentaban el poder; el efecto era contrario a lo esperado, llegando, incluso, a retener los resultados para no favorecer a Jaramillo en su carrera. Fueron muchas las ocasiones en las que se asignaron investigadores externos a los casos para, al final, llegar a las mismas conclusiones. En un principio, la asociación entre González y Jaramillo estuvo mediada por la impresión de ser aquel un palo en la rueda para éste. Fueron los resultados obtenidos los que establecieron una confianza a toda prueba entre ambos.

Fueron unas cuantas semanas en las que Jaramillo entró al despacho con los walkman puestos. González no desaprovechaba la oportunidad para subrayar el postureo de su colega.

-Los noventa fueron hace quince años.
Luego, Jaramillo los ponía sobre el escritorio, sacaba el cassette para guardarlo en una chuspa.
-Tengo la impresión que nadie ha digitalizado el audio.
-A menos que usted lo esté haciendo por su cuenta, pocas personas conocen de la existencia de ese registro.
-No lo digo por mí, sino por los acólitos.
-Tranquilícese: hasta ahora eso no ha ocurrido. No está colgado en algún foro, ni los sospechosos tienen conocimiento de esa grabación, Jaramillo. Razón por la que le pido, encarecidamente, sea cuidadoso.
-No se preocupe por ello, González. Me inquieta que estemos observando un pequeño ángulo, no la totalidad del cuadro.
-¿Lo dice por los "vaticinios"?
Jaramillo asintió, sorbió un poco de tinto frío y sostuvo la mirada de González.
-Aunque hayan pasado cinco años, no deja de inquietarme esa voz registrada en la cinta, también las fechas y la convicción con la que anuncia sus predicamentos.
-2022 está un poco lejano, Jaramillo.
-Tan solo 6 años... y son 6 del acontecimiento anterior.
-Una de sus amadas sincronías.
González se levantó para ir por agua. Miró de reojo a su compañero.
-Entiendo su preocupación: la única forma de socavar una creencia es haciéndola insostenible.
-Vírica-replicó Jaramillo.
González señaló el portátil.
-Instrumento de manipulación masiva.
Jaramillo movió la cabeza con hastío, sabía que González estaba ejercitando la ironía de una manera poco condescendiente para un miércoles en la mañana.
-No es la máquina, somos nosotros. ¿Recuerda la historia del hombre que repartía cuartillas a la entrada de los cines? ¿Allá por el 86?
González bebió el agua del termo. Luego bajó la pantalla del portatil.
-Sé que, para usted, él fue un incomprendido.
-Más que eso: un adelantado.
-Alguien que afirmaba la llegada del imperio Rigel para 1993, no debe considerarse un adelantado.
Por primera vez, Jaramillo sonrió.
-A la distancia, el episodio tiene una sensación de parodia, dada la multiplicidad de acontecimientos que ocurrieron a final de siglo. La historia lo descartó porque su contenido inminente nunca se cumplió. Al no prestar atención a su llamado, hemos ignorado que ciertas fuerzas ejercen una acción sutil sobre la percepción de los acontecimientos.
-Es una línea muy sutil que usted pretende violentar, Jaramillo.
-No fui yo quien lo hizo, González.
-¿Cree usted que lo de Pozzetto está relacionado con el hombre de los volantes?
Jaramillo se levantó de su escritorio, tenía el walkman en su mano y la chuspa con el cassette en el bolsillo de su chaqueta.
-Quien sustrajo el volante de la ropa del occiso, sabía lo que estaba haciendo.

González vio a su colega cruzar la puerta del despacho. Aún no era mediodía, pero seguía siendo 31 de diciembre de 2016.

25 formas de abandonar una casa embrujada

*Excepto si considera huir con los pies por delante.

1.Desactive la geolocalización de su celular
2.Encripte archivos comprometedores
3.Desinstale Chrome e instale Thor
4.Elimine su historial de Internet
5.No de su nombre, o número de teléfono, a desconocidos
6.Clausure el altillo
7.Limpie los espejos con solución salina, luego, cúbralos
8.Deje abierta la puerta de su habitación
9.Adquiera el hábito de no parpadear
10.Reviva esa pasión por el Black Metal noruego de 1989
11.Tenga los cuchillos a la mano
12.Direccione el flujo de sus pensamientos
13.No descuide su sombra
14.Tenga suficiente cantidad de papel aluminio a la mano
15 No adjudique adjetivos a sustantivos contundentes, como "Pedófilo", "Político", o "Imbécil"
16.Que su mano izquierda no sepa lo que hace su mano derecha
17.Pronuncie "Bisagra" en neolengua, luego, deletréela de atrás hacia adelante
18.No conteste llamadas a las 3 a.m.
19.Memorice la réplica de Bonnie Gennaro a su esposo en el viaje de ida a Washington D.C.
20.Hable solo, ría en público
21.No pida pizza
Ignore a ese gato negro sobre el porche
22.Recite, en alemán, algunas líneas al azar de Carl Gustav Jung
23.Conserve ese dibujo de infancia en el que retrató al Rey Amarillo
24.Calibre su brújula con frecuencia
25.Eleve un responso por sus futuras muertes

Fábula sin moraleja, cuyo origen es un sueño

Juan, el que sabe cómo, fue llamado de último por el coyote, en lo que parecía un lugar abandonado del muro que separa norte de centroamérica.

El apodo se lo ganó en la escuela, cuando hizo unos meses del primer grado, y, presente como ha estado en su vida, lo conservaba como un reemplazo de su apellido, ya olvidado. Sabía, como solo lo sabe quien asiste a un momento definitivo, que había llegado su momento. Estaba jugado, por lo que cualquier cosa que dijera, u ordenara, el coyote la cumpliría al pie de la letra. Así fue siempre, como lavaplatos, barrendero, o celador, hacer lo que se pidiera. Sin peros, ni menos, o más.

Los demás han subido al platón de la camioneta y están a la espera de que arranque el vehículo. Juan, el que sabe cómo, se acerca al llamado del hombre mientras se desempolva el tierrero, acumulado por la marcha de cientos de kilómetros. Cuando están frente a frente, algo dice el coyote que los otros no escuchan. Después habrán versiones cruzadas entre los supervivientes. Todos confirman la sonrisa pérfida del coyote y el rostro inescrutable de Juan. Alguno dirá que nunca confió en él, descubierto sierra adentro por el grupo, mientras cazaba una salamandra.

Juan, el que sabe cómo, demuestra su gratitud extendiendo la mano al coyote. Se escucha un claro "Como mande, patrón". Luego, el hombre ingresa a las sombras para dar inicio a su labor.

Horroróscopo

Antes de descerrejarle dos balazos entre los ojos, escuchó los ruegos de la víctima. No por ello eludiría la sentencia, dado que la decisión era irreversible; en cambio, prolongaba su agonía, lo que redundaba en gozo para él, cuyo pulso firme anticipaba la detonación.

En ese escenario, dar muerte estaba vinculado más a un trabajo consciente que a una ejecución mediata, en la mayoría de ocasiones, transaccional.

Dar muerte como el carnicero de fama, cuya labor efectiva de despiece alimenta a cientos de familias a su alrededor. Dar muerte como el médico que elige una droga letal, sin rastro que lo inculpe.

Sin embargo, algo de lo que la víctima dijo, caló en su memoria; por lo que, en eventos posteriores, llevó a niveles inéditos de dedicación el asesinato por signo zodiacal.

En un principio, el criterio fue básico: una selección aleatoria extraída de los periódicos de la época. Al ser consciente de que su actividad no tenía diferencia alguna con los apostadores de la hípica dominical, sofisticó su método eligiendo otros sistemas de adivinación y nigromancia.

El beneficio pasó de la notoriedad, otorgada por la crónica roja, al hermetismo de estratos más profundos de la realidad. Burla burlando alcanzó 99 asesinatos en el lapso de 14 años antes de iniciar otra iteración, aún sin documentar en archivos legales.

Ce con cedilla

...Tal fue el consejo del profesor de Historia de la lengua española, Alonso (nunca antes un nombre tan apropiado para una figura de su tipo), a nosotros, los alumnos de la extinta carrera de Filología en 2001. Alonso, ¿Ortiz?, ¿Gómez?...¿Quijano?, era un académico cuyo interés por el cambio lingüístico en marcha le permitió ilustrar, sin mayor esfuerzo aparente, la transformación silábica del castellano medieval en el español contemporáneo de la segunda parte del siglo XX. A diferencia de las clases de morfosintaxis, o de fonética y fonología, sus clases nunca fueron estériles; es decir, Alonso transmitía un amor genuino por la lengua, basado en la expresión pulcra, tanto en lo oral como en lo escrito, sin acudir a esnobismos, o derivas: en 120 minutos, exponía con elocuencia un problema (por ejemplo, la mutación de la {Ç} en {X}), lo ejemplificaba con fragmentos selectos del medioevo, o del Siglo de Oro, para resolverlo, de manera elegante, con textos de las literaturas nacionales de finales del siglo XIX, o del Boom latinoamericano. Mientras sus colegas intentaban, sin éxito, aparentar ser científicos de la lengua, Alonso solía ser visto como un literato, motivo por el que fue despreciado en las pugnas internas por el poder del currículo: antes que Filología desapareciera, su asignatura fue ubicada al final de la carrera, junto a las opcionales, al lado de Semántica (otro curso maravilloso), como antesala al año de investigación para optar a la tesis; en este diseño fueron privilegiadas morfosintaxis (dos años de repeticiones ante el tablero de ejercicios de la gramática generativa chomskyana), y, fonética y fonología (un año en el “laboratorio” repitiendo los sonidos de la lengua), a la manera de barreras para filtrar el tránsito de estudiantes hacia los semestres superiores, que contaban con «esbozos» de materias (duraban un semestre) con contenido lingüístico, como la sociolingüística, la psicolingüística, y la pragmática, a las que respondíamos sin mayor interés, con el cinismo de los desencantados, los que superábamos dichos traumas. La filología, al menos la dictada en la Universidad Nacional de Colombia a finales del siglo XX, carecía de imaginación: impartida sin contextualización, pseudocientífica, y de espaldas a la realidad laboral, fue, para una mayoría que decidió estudiarla, tanto un fracaso como un suicidio generacional. Algo de ello presentía Alonso en ese lejano 2001, cuando prorrumpió con aquel legendario consejo «Dejen el celular en el microondas”, cuyo eco perduró hasta la fecha. Fue un rapto, a la manera de San Juan de la Cruz. Nosotros, sus estudiantes, no contábamos con esa tecnología en el momento, menos con computadores o tabletas, tomábamos notas a mano y, el más osado, si acaso grababa las conferencias en cassette; por lo que escucharlo proferir, de manera ininterrumpida, “Dejen el celular en el microondas”, nos causó risas soterradas, en un primer momento, para, con inmediatez, entrar en el reino de la suspensión imaginaria de toda convención: Alonso, en su lucidez, nos advertía de la desazón que nos provocarían los dispositivos electrónicos en nuestra madurez tardía. Hastío, desazón, melancolía, tales fueron sus palabras. Sobre todo, frustración. Sus puños cerrados evidenciaban el dolor que sentía por sus palabras, así como la visión de un futuro opaco e inimaginado hasta ese momento. Temblaba cuando concluyó su perorata. Alguno le brindó un vaso de agua, pero éste se negó. Pidió que lo dejaran a solas. Medio juego, medio en broma, cuando salíamos de clase hablábamos en castellano del medioevo entre nosotros, a la manera de una jerga erudita que nos distinguiera de los hablamierda que poblaban la cafetería por esos años, cuya función era captar estudiantes que sirvieran como cabeza de turco para la insurrección por venir. En pocos años ya no estábamos ahí, y algunos de ellos hoy están muertos, o roban del erario público, lo que es lo mismo. Pero en esos momentos, nos sentíamos émulos de Fernando de Rojas, o de Rui Díaz de Vivar. Sin embargo, ésa tarde no utilizamos la jerga. Después, ya tampoco. A excepción de ese rapto, el curso de Historia de la lengua española concluyó sin novedad alguna. Embarcados en el proceso interminable de escribir una tesis, pasamos por alto, o preferimos omitir, ese episodio. Alonso continuó de titular de la asignatura hasta cuando la carrera fue clausurada. Luego, llegó el olvido.

Pequeños timos sin importancia

«Llevaba siguiendo a este sujeto, cuyo nick, de por sí, era llamativo. Campo Elías, un tipo delirante, necesitado de atención. El crédito es de González, quien detectó un comportamiento psicótico en las declaraciones del sujeto. Mi aportación fue modesta. Policial. A manera de tributo a la memoria del teniente, le contaré la parte más importante de la cita en la que reduje al asesino.

Fue después de cerrar el caso del líder, cuando inicié un rastreo en foros de Internet para encontrar seguidores del culto. Tenía la corazonada de que algunos aprovecharían el anonimato de la red para organizar células clandestinas. Era 2010, el inicio de una edad dorada en cuanto al final de la privacidad, tal y como fue conocida hasta ese momento, por lo que fingir una identidad e invertir horas entablando conversaciones con desconocidos, era semejante a, qué sé yo, hacer webcam desde una invasión en las goteras de la ciudad. Los tokens eran los cientos de sospechosos perfilados en tres años, al estilo de la vieja escuela, antes que la dirigencia entendiera la importancia de implementar escuadrones contra los delitos informáticos, tal y como fueron denominados en 2016. Aún así, cuando aparecieron los hackers, ya tenían una parte de la tarea hecha por ambos. A los archivos les llamaban, en burla, los directorios, por lo voluminosos, obvio, también por el recurso alfabético –otra brillantez de González–, con la que le cerrábamos la boca a los detractores. La perfilación, básica en criminología, es un recurso erudito, mnemotécnico. En este tiempo, anteponen un recurso algorítmico para dar con un patrón al interior de un conjunto de datos, fácilmente colectados en la interacción social; antes invertíamos horas ante una ventana de Messenger...Ensayo y error, como diría el filósofo. Sin embargo, la intuición no nos falló. Al menos, no con éste. Los cargos imputados fueron dos; la pena, no imputable, fue 15 años a la sombra, de los que cumplió 8 en la cárcel, y el resto, bien lo sabe Usted, no los cumplió por la fuga masiva de presos durante la Gran Reclusión. Dado de baja antes de alcanzar la calle. O, un tiro de gracia por algún maleante con el que tenía, supongo, deudas pendientes.

Porque Campo Elías demandaba atención. Muchas veces, escuché noticias de su accidentado trayecto carcelario, pequeños timos sin importancia que se acumularon hasta que, llegado el caso, eran cobrados sin término medio, inmisericorde, por quienes caían en su entramado de medias verdades. Cuando lo reduje, sospeché de un destino negro en su futuro. La guardia lo trasladó de pabellón en unas cinco ocasiones. Era claro que mientras ganaba simpatía en un bando, en otro sembraba discordia e inquina. No me sorprendió su muerte, sino la duración de su vida en la cárcel. Viejo Campo Elías, ladrón de cuello blanco en desgracia.

Fue una carambola a dos bandas. Capturar a un timador, evadido por 15 años, cuyo rastro en Internet nos hizo sospechar de un seguidor del líder. En el interrogatorio, el timador aseguró haber sostenido uno o dos encuentros con el criminal. En los noventa, cuando la rancia clase social a la que pertenecía estaba en crisis por el surgimiento de los traqueteos, acudieron a los cultos para reforzar la fe en la tradición. Campo Elías pretendió acceder a las finanzas del culto con una propuesta de modernización: un sistema contable norteamericano que permitía elidir ciertas ganancias del balance, o, un rudimentario blanqueo de épocas pre-tecnológicas. El sistema, del que Campo Elías se vanagloriaba, ya había succionado unos cuantos millones de pesos de algunas empresas nacionales, pero, dado su prestigio social, los acercamientos entre timados y ladrón eran privados. Robos honorables de otras épocas. El mismo sabía de su suerte...Tal vez no habría caído en fuga si hubiera negociado con narcos. Lo supo en los ochenta, cuando intentó sonsacar a Lehder un millón de dólares. El pereirano, sin un pelo de tonto, le hizo retirar del concierto privado de los Rolling Stones, con la advertencia de que, si no estaba en la capital antes de la madrugada, sería hombre muerto. “Hermano—me dijo en la confesión—Esa lección fue la más importante que me dieron para siempre”. No me costó imaginarlo en su Renault 18 a toda mierda devolviéndose por la autopista. Lección de la que extrajo concentrar sus esfuerzos en mejorar su parla y en cautivar peces de estanco pequeño, suficientes para mantener la cuenta robusta e invertir en otros negocios para aumentar la renta. Ni el líder, ni sus aúlicos, confiaron en él. Negocio fallido, pero no era momento para lamentos: ciertas presiones tuvieron éxito, por lo que la policía, así como algunas bandas de sicarios, comenzaron a perseguirlo. Fueron 15 años de evasión, “con momentos de pobreza” –aseveró–, hasta que cayó en un foro de Internet, en el que, con identidad cambiada, promulgaba a los cuatro vientos ser el sucesor del líder.

La trama era un gancho ciego. Quienes buscaron un reemplazo del líder, lo contactaban al leer sus mensajes. Él daba el primer paso en la ventana de chat. Mensajes grandilocuentes de intención persuasiva sostenían conversaciones extensas en las que, al final, Campo Elías lanzaba el sablazo. “Era efectivo, con las ganas de la gente, pedir la plata por adelantado”. Reuniones en cafeterías del centro, en las que, rizando el rizo, el hombre afirmaba ser un enviado del líder telemático. “Comparado con lo que recogí en los noventa, los diezmos eran sencilla, pero cómo me ayudaron en tiempos de escasez”. Nunca descartó intercambios sexuales, a la manera del famoso gaucho que trastornó el entorno swinger en 2018, cuando la plata faltaba, pero horas más tarde aparecía en la ventana del chat recordando la obligación. Hasta que la cuerda se rompió, es decir, cuando llegamos con González a darle captura. Una cosa el chat, otra verlo entrar a esa plazoleta. “Ese tiene cara de vaciado”, dijo el teniente, “De aquí no nos vamos sin un positivo”, le respondí. El encubierto, un veterano del cuerpo, a veces anexo en nuestros casos, conversó con él por media hora. Hablaron del papelazo de la selección en las eliminatorias. Del clima. De Uribe. Estábamos escuchando, pero González estaba caliente: el esfuerzo invertido en meses concluía en risas grabadas. En cambio, yo estaba consciente de que positivo era positivo. Habría qué afinar el método, pero la intuición seguía ahí: en la Internet había mucho por escarbar en cuanto a perturbados y criminales. Campo Elías dio por concluida la charla, solicitó la plata al veterano, a lo que éste pasó un manila con las chichiguas, y luego se levantó. Nos acercamos mientras ambos se despedían, González lo interpeló a los hijueputazos, con un efecto paralizador inmediato. “Pero dígame, Jaramillo, ¿cómo me iba a volar si el teniente me gritaba de esa forma?”. Tampoco el veterano mostraba su mejor cara. No por nada lo llamábamos Cuéllar. Me vino a la cabeza un titular de El Espacio, nunca antes escrito hasta ese momento. Era algo como “Cae con 100 mil pesos en un centro comercial frecuentado por maricas”, o algo por el estilo, en tono de parodia. El caso no alcanzó tal dignidad en un principio. Luego, cuando desentrañamos la madeja, llegó a los grandes periódicos. Pero es otra historia. Tal vez, la cuente luego».

Música para películas imaginarias

Tal vez fuera el hastío.

Había probado con esa escala durante horas sin alcanzar un resultado medianamente satisfactorio, por lo que arrojar el portátil contra las teclas del piano fue uno más de los episodios de frustración e impotencia registrados para la posteridad.

Desde que fue diagnosticado de una enfermedad terminal le ocurría con más frecuencia sentir que llegaba a un punto del que no podía desplazarse; lo describió en sus diarios como "La sensación de estar emparedado en un muro, cuya frialdad nocturna me absorvió a una velocidad desbocada, y mis luchas era inútiles porque mientras más resistía, más me consumía, sin posibilidad alguna de escape".

Quienes leímos estos documentos nos sorprendimos de su inédito lirismo verbal, ausente de su composición musical en los últimos días. Descubrimos lo que no pudo contemplar, obstinado como estaba en componer esa obra, la inconclusa, cuyo origen fue un conmovedor presagio de sus últimos días. "Mis células, dijo el médico, están combatiendo contra sí mismas. Yo soy el campo de batalla, el territorio que arrasarán en una guerra de la que desconocen los motivos". Captar el sonido de los microorganismos recorriendo su cuerpo fue la empresa que opuso para resistir el abatimiento.

Por los registros encontrados tras su muerte, intentó llevar hasta el borde dicha empresa: desde la transcripción poco inspirada de los sonidos que emitía su cuerpo, hasta llegar al brutalismo de injertar nanotecnología para detectar vibraciones celulares, no desistió, ni siquiera en su agonía, por concluir una partitura a la que él intituló Yeti.