El hombre que nunca dijo una palabra de amor

Belia fue una de las pacientes más lúcidas que tuve la fortuna de asistir durante mi residencia en el hospital. Tenía un elevado sentido de autoconsciencia, lo que facilitaba una relación honesta entre médico y paciente. No temía a lo inevitable, pero tampoco estaba dispuesta a hincar la rodilla antes de que su tiempo llegara. Sus frases mordaces, así como su tenacidad, eran ejemplares. Después de un tiempo de su partida, aún siento su presencia recorriendo el pasillo frente al jardín. La estoy viendo, sonriéndome, mientras empuja su carro hasta la fuente. A Belia le gustaban los "baños de sol", esos breves instantes del atardecer en los que era permitido salir a estirar el cuerpo por las instalaciones. Cada vez que contaba con tiempo, me acercaba a ella. En pocas semanas, narró, por el placer de narrar, la historia de su vida; de dónde vino y hasta dónde llegó, su esposo e hijos, los nietos, la hija con la que nunca volvió a hablar por algún incidente que prefirió omitir, los descalabros económicos, los sueños nunca cumplidos...la vida de una madre inmigrante en color sepia.

Esa vez, a finales de junio, Belia estaba sola al lado de la fuente. Ningún enfermero o residente. Tampoco pacientes. El ruido del agua era su única compañía. Momentos después regresó a su habitación. Cuando hice la ronda, apuré los turnos con los demás pacientes porque me preocupaba que ella estuviera sufriendo una recaída en su ánimo. Antes de proceder como médico, preferí tratarla como un amigo. Revisé sus vitales, le ofrecí un vaso de agua, y me senté a su lado. Sus ojos estaban aguados. Extendió su mano derecha para desplegar una imagen, luego apuntó a un bulto pixelado, detrás de un grupo de personas sonrientes, en sus veintes. "Con tanto tiempo que ha pasado, aún me acuerdo de él", dijo, "Era el hombre que nunca dijo una palabra de amor".

"Es una suerte que la tecnología para las imágenes haya mejorado en los últimos años", le sonreí mientras expandía al máximo la imagen, un gesto que ella agradeció con sus ojos tristes. "Eran épocas en las que nadie estaba disponible al pulsar de un clic", respondió, "Hoy ustedes tienen el mundo en un escaparate, por el que pasan y nunca se detienen". Puse en su boca el pitillo para que bebiera agua. Afuera comenzó una lluvia calma que acompañó sus palabras. "Nunca supe su nombre, pero sí conocí quién era. Cada tarde llegaba al café en el que trabajaba, se sentaba en la misma mesa, abría un libro y se concentraba en la lectura por unas cuantas horas. Yo entraba y salía con los despachos, lo miraba con curiosidad y continuaba con mi trabajo. De lunes a lunes, el mismo libro. El café se llenaba con los oficinistas, las parejas, los otros contertulios. El no conversaba con nadie. Estrujaba su frente con una mano mientras la otra pasaba, o devolvía, las hojas. Tomaba mucho tinto. Estimo unas 6 tazas. Fumaba la misma cantidad de cigarrillos. Se levantaba a las 9 de la noche. Mi turno era hasta las 10. Pagaba y salía por la puerta, con el libro entre su brazo. En este café trabajé hasta antes de salir del país. Allí me conocí con mi marido e hice muchos amigos, ésos que usted ve ahí después de una tarde de toros. Lo miraba con curiosidad, pero un día me devolvió la mirada, y el mundo giró para mí. Los años no pueden quitarme el color de sus ojos, la sonrisa a medio dibujar, y el guiño, entre atrevido y tierno, que me brindó cuando nuestras miradas se cruzaron. No podía atenderlo porque esa mesa estaba asignada a una mesera con la que no me llevaba bien, pero pasaba con regularidad y le sonreía. Fue platónico, cuando esa palabra tenía todo el sentido del mundo. Años pasaron en ese tira y afloje, él con su libro, yo con mis mesas. El que iba a ser mi marido se me propuso a las afueras del café, yo acepté, porque era lo más natural posible. Pero le confieso que me gustaba entrar y verlo cada tarde. Muy pocas veces recuerdo verle tomar una cerveza, pero ni cuando llegaba ese momento su actitud cambiaba: fruncía el ceño mientras pasaba hoja tras hoja de ese libro. Para las otras compañeras, y los dueños del café, era un estudiante más, con la plata justa para el café. Para mí, era alguien singular, del que imaginaba un destino bohemio, con su habitación, su libro en la cabecera de la cama, su armario con abrigos y camisas, sus caminatas errabundas por las noches. Créame, nunca me le acerqué, ni él tampoco".

Belia me tomó la mano. La sentí tibia, como si fuera el último arrebol de la tarde entre mis palmas. "Esa foto nos la sacaron en mi último día de trabajo. En ese momento, no lo sabía. Fuimos a toros a ver a Enrique Ponce. Recién comenzaba en su carrera, pero ya deslumbraba. Lo poco que sé del toreo es por culpa de mi marido, taurino de ley. A mí me gustaba por el riesgo del hombre ante la bestia. La lidia para sobrevivir, como era desde tiempos antiguos. Ponce salió en hombros de la plaza. Había un ambiente de fiesta en los alrededores. Fuimos con los amigos al café para tomarnos una cerveza, pero antes nos hicimos la foto con la cámara de mi marido. Estábamos todos, los que veníamos de antes y los que quedaríamos después. Mi marido me dijo algo al oído. Mírelo. "Nos vamos esta semana", eso me estaba diciendo. El venía tentando la posibilidad de salir del país antes de que todo se fuera al demonio. "¿Para dónde?", le pregunté cuando terminaron la foto. Con su mirada lo dijo todo. En la mesa nos tomamos varias rondas y, muy al final, entre brindis por el futuro, el anuncio se realizó con la solemnidad del caso. Como ambos éramos de impulso, esos cuatro últimos días pasaron como torbellino. Yo trabajé hasta el día anterior al vuelo. Entre el afán por arreglar las cosas, me olvidé de él, hasta que, muy al final del turno, volví a verlo, sentado en su mesa, leyendo. No supe qué hacer, mañana estaría en otra parte, y él seguiría allí. Cómo se mueve el mundo, sin que nos demos cuenta, y todo es como un escenario, nada está firme, nadie se queda quieto. Recuerdo volver a la cocina para encontrármelo, en el quicio de la puerta, sonriendo como la vez anterior, años atrás. Me tendió la mano entrecerrada. Al abrir su palma había una figura de papel. La tomé. Nos miramos. El recuerdo es tumultuoso, alguien se entrometió: era la compañera con la que nunca me llevé bien. Cuando me di cuenta, él ya no estaba ahí. El mundo giraba, y esta vez era demasiado veloz como para quedarme quieta. No volví a verlo. A la mañana siguiente, mi marido y yo abrazábamos el futuro. Llegamos a este país sin papeles, pero con todas las ganas. Nunca nos fue mal. Altas y bajas por 50 años. Un día, en una mudanza encontré un paquete con fotografías. Degradándose por la renuncia de los químicos, estaba ahí, contemplando este futuro. Tardé en recordarlo, pero hasta esta noche, cuando cierro los ojos, vuelvo a verlo, íntegro, en el café, leyendo ese libro con el ceño fruncido, el tinto y el cigarrillo. Y siempre me pregunto si es más real esta cama o ese momento en el que, con frenesí, cruzamos las miradas".

Belia cerró los ojos al concluir su relato. Al dejarla, puse su mano en el pecho. Mientras su respiración se espaciaba, el ruido de la lluvia inundaba los espacios vacíos que iba dejando su vida.


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