Imaginauta

Es curioso el afecto que siento por las viejas máquinas. Según mi padre, estaban en el sótano desde antes que su padre naciera. Incluso, hay un registro escrito del padre de su padre, en forma de lista, que atestigua un vínculo entre las máquinas y el linaje del que provengo. Sin embargo, no acudo a la genealogía para sustentar mi admiración por esos cajones de hierro, alojados desde tiempos inmemoriales en el sótano de esta mansión. No. Es el sonido de su mecanismo lo que me vincula a las máquinas. Ese gruñido subterráneo en las mañanas, el rugido del mediodía, o, el aullido sibilante de la noche, me acompañan desde que estoy aquí y, muy seguramente, lo harán cuando ya no me encuentre entre los vivos. Su continuidad es admirable, tanto como su precisión para manifestarse en el instante exacto. Aprendí de mi padre que debo estar preparado para cuando ellas actúen, por lo que mi regularidad es fundamental para sobrevivir. Fui advertido, desde que tuve consciencia, de que si no me agarraba a las varandas, terminaría estampillado contra el techo. Otros han muerto por no seguir esta instrucción. También se me advirtió de no cruzar la puerta para salir al porche. Mentiría si dijera que ganas no me han faltado. Sin embargo, el abismo me disuade. Con el tiempo, he clausurado las ventanas para no contemplar el paisaje inmóvil más allá del cristal. Es tan exasperante como las anomalías que he detectado en el funcionamiento de las máquinas. Crujidos, chillidos, e incluso cierta ralentización en sus procesos, me hacen pensar que su funcionamiento no es perpetuo. Por las noches, antes de mi reposo, converso brevemente con ellas. Les hablo muy bajo, en tono quedo, del día concluido. Intento alentarlas para llevar a cabo la tarea que les ha sido encomendada. Sin su esfuerzo, no podré alcanzar lo que, por mí, otros han sacrificado. Pero, sea testigo el desasosiego de que no creo lo que digo. Cuando estoy a punto de cerrar los ojos, recuerdo que esa corta oralidad, ese soliloquio moroso de palabras carentes de idioma, es la única literatura producida por mí en esta jornada. Una y otra vez deseo que las máquinas anticipen mi clamor y detengan su ruido en algún punto del espacio, mientras me consumo en el olvido, marinero del tiempo infinito.


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