Un caso sencillo

–Está bien, ahora que me han capturado quiero saber cómo lo hicieron. Y lo demando ya que obtuvieron mi rendición sin resistencia. Admito la culpabilidad pero me espolea la curiosidad saber de su método.

González se acabó el tinto. Le sostuvo la mirada a Jaramillo. No era tanta la rivalidad entre ambos para ese momento de la historia, por lo que la intención del detective era saber en que punto alguno de los dos arruinaría la petulancia del hombre que habían logrado atrapar.

Este captó el cruce de miradas, pero sin el trasfondo de la relación entre los detectives, cometió el improperio de soltar la lengua.

–Mire, en la profesión llevo unos cinco años. Comencé por accidente, o por necesidad, pero funcionó. Es decir, alguien que llega a la cincuentena sin una profesión tiene pocas opciones para seguir viviendo.

Jaramillo esbozó un rictus que usualmente era interpretado como una sonrisa benevolente por parte de los malhechores. González no alteró su gesto porque sería desperdiciar el impacto que buscaba desencadenar cuando el asesino de las abuelas supiera del montaje que ambos policías habían tramado antes de entrar a interrogatorio.

–Yo pagaba arriendo de una pieza en el centro de la ciudad. Llegué ahí después de tenerlo todo, pero no incurriré en confesiones del pasado. Eso es mala literatura. Sin embargo, somos millares los que vivimos bajo su influjo.

Jaramillo, un tipo cultivado, no pudo contenerse. Soltó una risa seca.

–Al grano. Al detective González ni a mí nos agradan los folletines.
–A mí tampoco. Pero no puede usted negar que quienes nacimos en el siglo XX nos gustaban tanto el drama como las telenovelas.
–Yo nací en 1970, pero fui más de metal que de televisión.
–No me diga...
–Pero no estamos exentos de drama, ¿cierto González?

Éste asintió.

–No quiero pensar que ahora dejé de importarles.
–Claro que no.

El hombre sonrió. Estaba dispuesto a continuar.

–Soy el asesino de las abuelitas, maté 15 de ellas en los pasados 5 años. Y no me arrepiento de nada porque mis crímenes eran perfectos...hasta que aparecieron ustedes.

González carraspeó.

–No atribuya perfección a lo que fue indolencia de nuestra parte.
–Si lo es, me honra. Pude delinquir impunemente por estos años.
–Hasta que aparecimos nosotros.
–Exacto.

Jaramillo miró el celular.
–No tenemos mucho tiempo ahora.
El asesino de abuelita suspiró. Le estaban perdiendo atención de nuevo.
–Ustedes quieren escamotear mi logro más grande.
Los dos detectives guardaron silencio.
–Si me preguntan directamente podrían obtener la confesión definitiva.

González volvió a carraspear.
–Es usted un narcisista.
El asesino sonrió con una satisfacción digna del hombre atractivo que fue en el pasado.
–Detective, ¿usted por qué cree que las tuve en mis brazos?

Jaramillo guardó el celular en el bolsillo.
–A lo que vinimos.
Fue González el que desarmó la tramoya.
–Bertha, 76, viuda, sexualmente activa, no murió por usted, pero su cercanía a la occisa nos facilitó armar el caso.

El rostro del hombre perdió toda compostura.

–Usted no era el único que ayuntaba con ella. Aunque falleció de un infarto, la pulsera que registraba su actividad física nos permitió rastrear sus últimos...movimientos.

–Pretende que le crea, detective González.
–Los hechos lo delatan, no su semen.
El asesino de las abuelitas se sumió en un denso silencio, Jaramillo aprovechó la oportunidad para rematar la historia.
–Al llegar usted a ella no sospechó que recién había muerto. La penetró como buen galán, pero cuando cayó en cuenta era tarde. Supo que alguien se le había adelantado...¿Quién? Eso nos lo reservamos. El registro del movimiento además de un palpamiento indebido, y descuidado, lo tienen hoy frente a nosotros.
–No hay virtud que valga cuando llega el final–dijo el asesino, quien perdió toda altivez cuando se halló descubierto–.Me queda la cárcel.
González asintió.
–No tendrá qué preocuparse del arriendo...al menos por 20 años.


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