Hecho a escala

Indiferente ante los resultados catástróficos de su proceder, el corredor cerró el periódico, lo dejó en la silla de al lado, apresuró su café y abandonó la sala de espera al mediodía de aquel 25 de octubre de 2008. Lo esperaba un vuelo comercial, cuya reserva había hecho a través de otro nombre. El destino, escogido con anterioridad, sorprendería, incluso, a quien apreciara un conocimiento profundo sobre él. Durante las horas aciagas en que temió por su vida, se repetía a sí mismo la frase "A lo sumo, un año", para concentrar la angustia en un escenario probable, en el que se encontrara con vida. En éste, vislumbraba un regreso impactante, con el brío suficiente para dominar la ciudad de nuevo. Enterró evidencia para postergar la muerte: papeles, identidad, fotografías. Luego, tomó una ruta pedestre hacia el aeropuerto. Según la trayectoria, abandonaría el país en 90 minutos de vuelo; en 6 horas estaría en ese otro lugar, sin tratado de extradición, donde arrendaría un transporte que lo conduciría hasta la jungla, en la que desaparecería antes de regresar a la civilización. Cuando descubrieran su partida, los sabuesos encontrarían un muro imbatible que no podrían escalar. Las leyes del país de acogida lo respaldaban en su impunidad, pero aquella mañana, cuando supo que estaba acorralado, tomó la decisión de obviarlas e iniciar una huída salvaje, sin dar ninguna posibilidad a sus perseguidores de alcanzarlo. Sabía que lo buscarían hasta debajo de las piedras, pero, siempre previsor, les demostraría que, aún en este mundo, hay alguien escondido ante la vista de los demás.
Sus primeros meses los soportó acompañado por niñas y jovencitas lugareñas, atraídas por los dólares que dispensaba sin miramientos; posteriormente, ganó a los padres, hijos y novios, con su carisma de animal blanco. De esta manera, el corredor encajó la ausencia citadina y, sopesando el riesgo de volver, cuando aún sus crímenes no habían sido olvidados, fue postergando la salida un año cada vez, tiempo durante el cual replicó el esquema que tan buenos resultados le había otorgado en su vida anterior, otorgándole un emporio a escala de cultivo, producción, y distribución, conectado con las fuerzas armadas y los partidos políticos del país.
Entre los suyos fue considerado alguien brillante, cuyo narcisismo le acarreó el infortunio; entre extraños, sus debilidades tornaron fortalezas: brindó progreso y terror en proporciones justas para millares, cuyo único destino hasta ese momento era soportar la vida arrancados del suelo. Aprovechó sus conexiones para neutralizar enemigos e impulsó un convencimiento ideológico en los líderes, que garantizó inmunidad y protección para el resto de su vida. Al morir, su legado fue considerado superior a las gestas independentistas, que habian sumido al país en pobreza y corrupción hasta su llegada.
La vida anterior, de la que huyó por necesidad, no alcanzó el rango de anécdota en su biografía.


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