La dimensión del fracaso

Mucho antes de alcanzar la fama por una obra menor, como lo es “Min Kamp”, Karl Ove Knausgård había renunciado a la posteridad al abandonar una narración tan ambiciosa que, relatan sus aúlicos, lo condujo a la locura, de la que regresó disminuido en su escritura pero dispuesto a conquistar las librerías del planeta con el ejercicio pornográfico de su vida.

Knausgård, un escritor trastornado, no eludió esa traición con su arte; por el contrario, hizo de ella un acto performativo cuya trascendencia fue acogida como una boutade en la onda Banksy para, con posterioridad a la gran reclusión, ser tomada en serio por académicos ansiosos de ganar reputación con la obra de un parásito del estado de bienestar de los países nórdicos.

En el orden de exposición al que Knausgård estuvo acostumbrado durante el tiempo que disfrutó la fama, la atrevida performance deslindó en expediente judicial. Su arresto en Pekín bajo infusos cargos de "corrupción de menores" e "incitación a la subversión" motivaron una reflexión acorde con la deriva argumental de la época.

Interrogado con posterioridad a su liberación, el autor entregó declaraciones incongruentes, carentes de empatía con el momento histórico, incluso rayando la agresión física con sus entrevistadores, lo que condujo a un ostracismo mediático del que Knausgård no pudo salir por el resto de su vida. Hasta sus más fervientes seguidores le dieron la espalda, consecuentes con el ambiente de corrección política y control total posterior a la gran reclusión.

Sin embargo, es momento de subrayar que, de no ser por las transgresiones, no contaríamos con material suficiente para vindicar su figura. Como hermeneutas, debemos ser comprensivos. Sus boutades no eran caprichosas en su instalación ni en sus resultados. Eran la muestra de un hombre impotente, disminuido ante la fuerza de lo inconcluso, de cuya traición, en una manera invertida, dio testimonio con provocaciones que sonrojarían a un, tal vez dócil, Artaud.

Por lo que retomaremos la biografía para que el lector infiera la dimensión del fracaso de Knausgård, un escritor devenido en pornógrafo.

"Pensando en transitar hacia la novela gráfica, un día Karl Ove se encontró haciendo labores de carpintería para adecuar su estudio al cambio climático global. Era una preocupación de los ciudadanos para ese momento, por lo que Linda, su primera esposa, le compró los materiales necesarios para ocupar el tiempo de su esposo y alejarlo de la literatura. Eso lo relató Tove, la mejor amiga de Linda, quien reprochó la intención de la idea, mas no la ejecución de la misma. Ambas consideraron que Karl Ove era un pésimo escritor pero no tan mal carpintero si prestaba la atención suficiente al buen hacer de otros profesionales del país. Cosa que no ocurrió debido al talante obstinado de Knausgård, poco dado a aprender, de manera metódica, cualquier disciplina, incluso la literatura, que demanda lectura, contactos sociales y habilidades para infatuar a cualquiera con una brillante cita. Lo que cuenta Linda es que el golpe sufrido por Karl Ove fue más un gesto de justicia poética que un accidente de trabajo. El atribuyó la "catástrofe" a su elevada estatura, sin mencionar, ¡nunca!, su descuido como aprendiz de carpintero. Los hechos subrayan la apoplejía, respaldada ésta en los archivos clínicos, cuya duración de dos meses osciló entre el delirio y la agonía. La vida, como el río desbocado que es, demarca la salida del hospital como el inicio de una serie de acontecimientos que condujeron a Knausgård a la creación de esa obra indómita e inacabada cuya fuerza lo impulsó a la locura. Lo cierto, porque se trata de esta vida en esta línea temporal, es que Karl Ove abandonó a su mujer y a sus hijos, se mudó a una pequeña habitación en Estocolmo y comenzó a acudir a la biblioteca pública, en la que estuvo recluido durante 6 meses, para escribir, al parecer, un solo relato inagotable de los días que sufrió su apoplejía.

El texto, del que no quedan sino retazos de papel amarillento, llevaba por título El Aleph".


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