Los límites de la susceptibilidad humana

Ante la ventana estás contemplando el último atardecer del mes; el café en la mano, el celular en otra, absorta en el movimiento de unas nubes en el cielo despejado.

-¿Cómo va la búsqueda?, ¿alguna noticia que quieras contarme?

Sin interrumpir tu contemplación, mandabas un gancho de izquierda contundente.

-Estoy en eso. Tú sabes, este asunto de la gripa china...

Para ese momento, cualquier palabra que llegara a tus oídos sería como llover sobre mojado. Alargar la oración hasta que desapareciera, era uno de los ejercicios aprendidos durante la reclusión. Un arte comunicativo cuya virtud consistía en prestar atención a las señales de tu cuerpo para alcanzar la indiferencia absoluta.

Para mi sorpresa, esta ocasión presentó un cambio abrupto.

-Está claro que no encontrarás empleo en el corto plazo. No me llamo a engaños con ello.

Mi sentido de alerta activó un tintineo agudo al interior de mis oídos. Quise elaborar una réplica, o, activar la justificación de unos minutos atrás. Torpe, de mi boca salió un borbotón de sonidos que corrieron la suerte de su indiferencia.

-Yo no he parado de trabajar durante estos tiempos, así como los que están a mi cargo. Tú sabes, gente que vive del mínimo, coge buses y bebe cerveza cuando terminan sus turnos. No me consta que le peguen a sus mujeres, pero, a veces, cuando hablan por celular con ellas, escucho amenazas muy directas si no hacen tal o cual cosa. Tampoco sé cómo se comportan con sus novias, a las que tienen guardados con otros nombres en su WhatsApp. Solo sé que cuando llega el momento del trabajo, nada los detiene. Piden su pausa de tinto y empanada, salen a la calle, donde hay otra gente, igual a ellos con sus necesidades, comen dos o tres, fiadas, se pican, y regresan. Almuerzan una hora. A mitad de la tarde, toman Coca Cola, hacen algo de trabajo hasta las cinco, y se van. Todos los días, no importa si hay cuarenta, o no.

Cada sábado les pago la semana. A veces, les consigno si tengo restricción; otras, tú lo has visto, llegan hasta acá para reclamar su plata. He tenido momentos en que los clientes no cuentan con el recurso disponible, por lo que saco de mis ahorros para estar al día. No quiero imaginarme una situación en la que les incumpla, aunque a veces he estado a punto de no hacerlo. Pero me la juego. A mí, la palabra me importa.

Entonces, te miro a ti.

Con tus títulos, tu elocuencia, tu café de las 6 a.m., librando una lucha ajena a mí. Es épica, inconmensurable. Parece una guerra de siglos en la que has ocupado la totalidad de las posiciones en el campo de batalla. Cuando tomo distancia para apreciarte, descubro que estás empecinado en ganarla. Para ti, no existe una rendición. Es un todo o nada. Lo que, después de todo este tiempo, sigo considerando admirable. Pero es algo que no puedo alentar, ni apoyar por mucho más tiempo.

Me recuerdas a algo que leí cuando estaba en la Universidad. Decía algo como que si brindas ayuda a alguien con los ojos en el cielo, recibirás unas cuantas pedradas como respuesta. O, cuando deseas evitar un incendio y la hoguera se alza, incontrolable, sobre tu cabeza. Es ese momento en el que ninguna ayuda vale, ni ningún remedio sirve. Es un juego de uno solo, el tuyo, el del café matutino, las noticias en la radio, los cómics, los esfuerzos denodados por mantenerte en forma. Sin resonancia. Fútiles, mientras el tiempo corre, la búsqueda no resulta, y nadie presta atención a lo que ofreces. Meras virtudes. Espejismos. Burbujas.

El celular no paraba de enviar notificaciones.
La despedida, tácita, fue mediada en silencio.


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