Pequeños timos sin importancia

«Llevaba siguiendo a este sujeto, cuyo nick, de por sí, era llamativo. Campo Elías, un tipo delirante, necesitado de atención. El crédito es de González, quien detectó un comportamiento psicótico en las declaraciones del sujeto. Mi aportación fue modesta. Policial. A manera de tributo a la memoria del teniente, le contaré la parte más importante de la cita en la que reduje al asesino.

Fue después de cerrar el caso del líder, cuando inicié un rastreo en foros de Internet para encontrar seguidores del culto. Tenía la corazonada de que algunos aprovecharían el anonimato de la red para organizar células clandestinas. Era 2010, el inicio de una edad dorada en cuanto al final de la privacidad, tal y como fue conocida hasta ese momento, por lo que fingir una identidad e invertir horas entablando conversaciones con desconocidos, era semejante a, qué sé yo, hacer webcam desde una invasión en las goteras de la ciudad. Los tokens eran los cientos de sospechosos perfilados en tres años, al estilo de la vieja escuela, antes que la dirigencia entendiera la importancia de implementar escuadrones contra los delitos informáticos, tal y como fueron denominados en 2016. Aún así, cuando aparecieron los hackers, ya tenían una parte de la tarea hecha por ambos. A los archivos les llamaban, en burla, los directorios, por lo voluminosos, obvio, también por el recurso alfabético –otra brillantez de González–, con la que le cerrábamos la boca a los detractores. La perfilación, básica en criminología, es un recurso erudito, mnemotécnico. En este tiempo, anteponen un recurso algorítmico para dar con un patrón al interior de un conjunto de datos, fácilmente colectados en la interacción social; antes invertíamos horas ante una ventana de Messenger...Ensayo y error, como diría el filósofo. Sin embargo, la intuición no nos falló. Al menos, no con éste. Los cargos imputados fueron dos; la pena, no imputable, fue 15 años a la sombra, de los que cumplió 8 en la cárcel, y el resto, bien lo sabe Usted, no los cumplió por la fuga masiva de presos durante la Gran Reclusión. Dado de baja antes de alcanzar la calle. O, un tiro de gracia por algún maleante con el que tenía, supongo, deudas pendientes.

Porque Campo Elías demandaba atención. Muchas veces, escuché noticias de su accidentado trayecto carcelario, pequeños timos sin importancia que se acumularon hasta que, llegado el caso, eran cobrados sin término medio, inmisericorde, por quienes caían en su entramado de medias verdades. Cuando lo reduje, sospeché de un destino negro en su futuro. La guardia lo trasladó de pabellón en unas cinco ocasiones. Era claro que mientras ganaba simpatía en un bando, en otro sembraba discordia e inquina. No me sorprendió su muerte, sino la duración de su vida en la cárcel. Viejo Campo Elías, ladrón de cuello blanco en desgracia.

Fue una carambola a dos bandas. Capturar a un timador, evadido por 15 años, cuyo rastro en Internet nos hizo sospechar de un seguidor del líder. En el interrogatorio, el timador aseguró haber sostenido uno o dos encuentros con el criminal. En los noventa, cuando la rancia clase social a la que pertenecía estaba en crisis por el surgimiento de los traqueteos, acudieron a los cultos para reforzar la fe en la tradición. Campo Elías pretendió acceder a las finanzas del culto con una propuesta de modernización: un sistema contable norteamericano que permitía elidir ciertas ganancias del balance, o, un rudimentario blanqueo de épocas pre-tecnológicas. El sistema, del que Campo Elías se vanagloriaba, ya había succionado unos cuantos millones de pesos de algunas empresas nacionales, pero, dado su prestigio social, los acercamientos entre timados y ladrón eran privados. Robos honorables de otras épocas. El mismo sabía de su suerte...Tal vez no habría caído en fuga si hubiera negociado con narcos. Lo supo en los ochenta, cuando intentó sonsacar a Lehder un millón de dólares. El pereirano, sin un pelo de tonto, le hizo retirar del concierto privado de los Rolling Stones, con la advertencia de que, si no estaba en la capital antes de la madrugada, sería hombre muerto. “Hermano—me dijo en la confesión—Esa lección fue la más importante que me dieron para siempre”. No me costó imaginarlo en su Renault 18 a toda mierda devolviéndose por la autopista. Lección de la que extrajo concentrar sus esfuerzos en mejorar su parla y en cautivar peces de estanco pequeño, suficientes para mantener la cuenta robusta e invertir en otros negocios para aumentar la renta. Ni el líder, ni sus aúlicos, confiaron en él. Negocio fallido, pero no era momento para lamentos: ciertas presiones tuvieron éxito, por lo que la policía, así como algunas bandas de sicarios, comenzaron a perseguirlo. Fueron 15 años de evasión, “con momentos de pobreza” –aseveró–, hasta que cayó en un foro de Internet, en el que, con identidad cambiada, promulgaba a los cuatro vientos ser el sucesor del líder.

La trama era un gancho ciego. Quienes buscaron un reemplazo del líder, lo contactaban al leer sus mensajes. Él daba el primer paso en la ventana de chat. Mensajes grandilocuentes de intención persuasiva sostenían conversaciones extensas en las que, al final, Campo Elías lanzaba el sablazo. “Era efectivo, con las ganas de la gente, pedir la plata por adelantado”. Reuniones en cafeterías del centro, en las que, rizando el rizo, el hombre afirmaba ser un enviado del líder telemático. “Comparado con lo que recogí en los noventa, los diezmos eran sencilla, pero cómo me ayudaron en tiempos de escasez”. Nunca descartó intercambios sexuales, a la manera del famoso gaucho que trastornó el entorno swinger en 2018, cuando la plata faltaba, pero horas más tarde aparecía en la ventana del chat recordando la obligación. Hasta que la cuerda se rompió, es decir, cuando llegamos con González a darle captura. Una cosa el chat, otra verlo entrar a esa plazoleta. “Ese tiene cara de vaciado”, dijo el teniente, “De aquí no nos vamos sin un positivo”, le respondí. El encubierto, un veterano del cuerpo, a veces anexo en nuestros casos, conversó con él por media hora. Hablaron del papelazo de la selección en las eliminatorias. Del clima. De Uribe. Estábamos escuchando, pero González estaba caliente: el esfuerzo invertido en meses concluía en risas grabadas. En cambio, yo estaba consciente de que positivo era positivo. Habría qué afinar el método, pero la intuición seguía ahí: en la Internet había mucho por escarbar en cuanto a perturbados y criminales. Campo Elías dio por concluida la charla, solicitó la plata al veterano, a lo que éste pasó un manila con las chichiguas, y luego se levantó. Nos acercamos mientras ambos se despedían, González lo interpeló a los hijueputazos, con un efecto paralizador inmediato. “Pero dígame, Jaramillo, ¿cómo me iba a volar si el teniente me gritaba de esa forma?”. Tampoco el veterano mostraba su mejor cara. No por nada lo llamábamos Cuéllar. Me vino a la cabeza un titular de El Espacio, nunca antes escrito hasta ese momento. Era algo como “Cae con 100 mil pesos en un centro comercial frecuentado por maricas”, o algo por el estilo, en tono de parodia. El caso no alcanzó tal dignidad en un principio. Luego, cuando desentrañamos la madeja, llegó a los grandes periódicos. Pero es otra historia. Tal vez, la cuente luego».


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