Nadie conoce a nadie

-A veces no puedo controlar las voces que hablan dentro de mi cabeza-aseguró el vidente ante la pregunta del detective-Tan solo se manifiestan de una manera, por decirlo así, violenta. Incluso han registrado momentos en los que mi propia voz le da paso a estas manifestaciones.
-¿Así que no puede darnos indicaciones claras en torno a la desaparición de Camila Agudelo?
-Lo lamento, pero no funciona de esa forma.
-Entonces ¿de qué forma?
-No puedo decirlo porque no lo sé, detective Jaramillo. Es una manifestación que no puedo controlar.
-Se lo dije, Jaramillo. Es otro tramador más-reviró González.
-Tengo la sospecha de que no le caigo bien, detective González-replicó el vidente.

En la sala de interrogatorio surgió un silencio denso. Entonces Jaramillo se levantó de su silla para romper el protocolo encendiendo el infaltable pielrroja del mediodía. Le sostuvo la mirada a González y luego al vidente. Dio dos bocanadas y lanzó el canuto, aún encendido, contra el suelo.

-Sabemos que Camila Agudelo desapareció camino a alguna parte. Fue hallado su celular, limpio, sin huellas, en un paradero de bus. Quien lo encontró tuvo el valor civil de no robarlo. Luego de acceder a él no encontramos ningún rastro, incluso su geolocalización nos es inútil. Lo único que tenemos es una selfi mal tomada, borrosa, momentos antes de llegar a la parada de buses.
-Ni siquiera tenía otras fotos en su celular-intervino González.
-Ni siquiera sabemos si es su nombre, dado que el reporte del propiedad señala una Camila Agudelo cuya morfología no coincide con la imagen de la persona desaparecida-continuó Jaramillo-De acuerdo con la base de datos ni siquiera es una homónima.
-Me contactan para desentrañar un misterio fuera de los límites de su comprensión-replicó el vidente.
-Así es.
El vidente tomó el celular y vio la foto; su mirada grave escrutaba la distorsión que impedía reconocer el rostro.
-¿Por qué no han cerrado este caso?-preguntó luego de entregarle el teléfono a González.
Este respondió:
-Quien nos hizo llegar el celular reportó que la había visto minutos antes y luego, según cuenta, la vio desaparecer. Así, como si nada.
-¿Y por qué llegaron a mí si la ciudad cuenta con dos o tres videntes de mi categoría?
-Su fama le antecede-respondió Jaramillo-Además, esos dos o tres ya pasaron por esta sala.
-Nadie conoce a nadie-replicó el vidente.
-Tiene razón-prosiguió el detective-La cámara registra desde el momento en que aparece hasta cuando se detiene para sacar la selfi. Luego una distorsión arruina momentáneamente la imagen. Cuando la cámara vuelve a funcionar, ella no está. Ha desaparecido. El celular en el suelo es recogido por nuestro hombre, el único testigo ocular con el que contamos. El afirma que el asunto ocurrió en lo que tarda un parpadeo. Su coartada no presenta fisura, por lo que, después de agotar las opciones que nos permite la razón, nos dejamos llevar de la intuición. Ahí comienza esta historia que nos trae de vuelta a esta sala -concluyó Jaramillo.

El vidente se estiró en la silla. Luego procedió a ajustar el nudo de la corbata.

-Así quisiera, no puedo ayudarles.Si me permiten...
González dio un puñetazo contra la pared. Jaramillo esbozó un rictus.
-Lo sabía. Tan solo quería quemar el último cartucho.
El vidente le sostuvo la mirada.
-¿Cree usted que que soy un fraude?
-No-respondió el detective-Usted está conectado con las voces de los muertos, por lo que no tiene mucho qué hacer con aquellos cuyos desplazamientos son temporales.

El vidente salió de la sala dando un portazo. González recogió el celular de la mesa y procedió a guardarlo en una bolsa. Miró a Jaramillo de hito en hito.

Esta vez perdió la apuesta. En su escritorio le espera una montaña de papeles que debe llenar antes de terminar la tarde.


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