El Teniente McNamara

El teniente McNamara gritó una arenga llena de imprecaciones que movilizó al batallón entero. Los soldados cavaron en las trincheras hasta el descanso de la tarde (durante el que pudieron por primera vez en el maldito día ocultarse de la lluvia) y continuaron después del descanso hasta la noche.

A la mañana siguiente la lluvia había inundado las trincheras. El lodo acumulado ocasionó los gritos del teniente. Los soldados regresaron con sus palas a las trincheras.

La situación llevaba así meses pero a pesar de ser trabajo arduo era mejor que las balas y las bombas de Charlie.

Un joven rubio a todas luces menor de edad llegó al campamento. Era un mensajero oficial. Llevaba un telegrama. Se disculpó por el retraso de meses con el que lo entregaba al campamento. "Tuvimos inconvenientes" dijo, sin explicar más. Sin seguir el protocolo militar se dio la vuelta y desapareció entre la niebla y los arbustos.

El teniente apenas miró el papel antes de arrugarlo y arrojarlo al bote de basura. Davis hizo una anotación mental y esperó hasta el final del día.

Para fortuna de Davis, la lluvia siguió durante la noche. El aguacero cubrió el ruido de sus pisadas. Recogió el papel del basurero y regresó a su tienda de campaña. Se sorprendió de que aún le asustaran la corte y la cárcel militares. No alcanzó a leer nada en el papel con la luz de su lámpara de mano. Estaba agotado y se fue a dormir.

A la mañana siguiente cuidadosamente miró el papel antes de ponerlo en su boca y tragarlo. Estaba en blanco. La cara lisa sin cejas ni pestañas de un soldado del Viet Cong quemado por el napalm apareció repentinamente en su imaginación y desapareció como un relámpago. No le dejó más que la sensación de un agujero en medio del estómago.

Un relámpago verdadero le anunció el plan para el día de hoy. Los gritos del teniente se lo confirmaron.

Al cabo del día, cuando todavía ve veía alguna luz entre el cielo nublado, llegó el joven rubio.

Davis salió de su trinchera. Miró al teniente y al joven en medio de su breve conversación. Los pasos rápidos de Davis chapoteaban en el lodo, pero ni el teniente ni el joven se percataron de que se acercaba. El teniente posó brevemente sus ojos sobre el telegrama y antes de que lo hiciera una bola, Davis lo arrebató de sus manos. El teniente le dedicó una mirada violenta a Davis, pero el joven no pareció percatarse de lo que ocurría. "Tuvimos inconvenientes", le dijo al teniente a pesar de que éste no le estaba prestando la menor atención, y se marchó.

Davis leyó el telegrama retrasado. La guerra había terminado. Volteó la cabeza hacia el mensajero, tenía preguntas para él, pero el joven ya había desaparecido entre la niebla y los arbutos.

El teniente le gritaba. No alcanzó a distinguir las palabras pero no importaba. Con el corazón roto regresó a su trinchera. El lodo llegaba a la mitad. Davis tomó su pala y empezó a cavar.


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