Destino de la impostora

Desoir las advertencias fue una constante en la vida de Luisa.

Le venía de niña, aunque ella afirmó en mas de una ocasión que su necesidad de trascender era innata, y no el producto de las condiciones sociales de su época. Por lo que, mientras sus compañeros cultivaron un talento con miras a un futuro sin incertidumbre, ella empeñó sus esfuerzos en pulir lo que era rebeldía para construir esa imagen de líder que infundíó esperanza en sus seguidores.

Interpelada en cientos de entrevistas sobre su labor, Luisa nunca dudó de sus acciones. Las vinculaba con el destino común de sus millones de seguidores, con lo que apelaba a mantener un sentido de comunidad que inspirara a miles más a unirse a sus causas, algunas a contracorriente del espíritu de su época, del que ella, en meditaciones nocturnas, elaboraba reflexiones profundas y con un acento de invocación para recordar que, sobre todo, las acciones debían realizarse en el presente que habitaba la humanidad.

Sin embargo, hubo ocasiones en que la asaltó la inquietud sobre las consecuencias de sus actos. Eran momentos de vacío en los que la urgía determinar el impacto que sus luchas tenían sobre su vida. La mortificaba el sentido de urgencia: asumir las causas como si estuvieran destinadas para ella, llevarlas hasta el límite y luego abandonarlas para pasar a otras, más grandes, más radicales, en un círculo virtuoso que demandaba más declaraciones, imágenes y acciones contundentes. Muy temprano descubrió que su accionar estaba motivado por la soberbia de quien se descubre rechazada en una negativa o en el insistente golpear de una puerta cerrada que franquea el paso a alguna parte. Ya no había negativa suficientemente poderosa que lograra hincarla o puerta que no estuviera abierta. Descubrió que el sentido de su lucha era insostenible e inajenable, como el de quienes la precedieron, como el de los que la seguirían. Pero que, tal vez, no era el suyo. Como respuesta a esa incertidumbre, sus acciones adquirieron un matiz oscuro, que provocó el rechazo de algunos, pero que a ella le tuvo sin cuidado. hasta sus últimos momentos.

Desoir las advertencias fue una constante en la vida de Luisa.

Lo comprobó cuando sintió los impactos contra su pecho. Pudo contarlos, pero creyó que eran pocos: uno o dos más hubieran cimentado un legado sin discusiones para la posteridad.


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