Filantropía degollada

El museo de cabezas auspiciado por la fortuna de Jeff Bezos es su obra cumbre, superior a sus negocios al detalle, su filantropía, y es la muestra más elevada de su actitud visionaria. A diferencia de titanes como Elon Musk (por cuya testa financió una expedición de NASA hasta Marte) o Donald Trump (exhibida con y sin peluquín, de acuerdo con la intenciones del comisario de turno), Bezos capturó el espíritu de su época al buscar, y capturar, al hombre de la multitud, que con su esfuerzo erigió la fortuna de sus amigos y la suya a niveles inconcebibles para la historia del capitalismo. Por supuesto, reconocer las cabezas de Zuckerberg y de Billie Eilish es una arrogante evidencia de sus conexiones con la plutocracia norteamericana. Observar las humanidades del primer comprador de su librería en línea, o la del analista de inversiones que dio luz verde a su portafolio, e incluso la serie de indocumentados que hicieron una mediana fortuna repartiendo paquetes en la América de la década del 20, no deja de ser un recordatorio de los excesos y horrores del siglo, encarnados en el poder ilimitado de Bezos. Sin embargo, no deja de ser frustrante notar que su cabeza no cuenta con un podio en su museo. Consciente de que tras su desaparición se transformaría en un fenómeno post mortem de feria y peregrinación global, hizo respetar su voluntad de ser incinerado, pese a que él mismo, consciente de que estimularía una competencia a muerte entre ambiciosos y ególatras, puso sobre su humanidad una nada desdeñable recompensa para aquel que pudiera reducirlo y degollarlo.


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