Raíz

Mi padre, que fue un hombre dado a interpretar los sueños, encontró las señales de su muerte en uno que no quiso interpretar. En el despertar tenía las imágenes frescas en su memoria, por lo que decidió transcribirlas en un párrafo. Era una parte de su rutina: anotar sus sueños y dibujar las tiradas del Tarot. Mantenía vivo su talento como dibujante mientras acumulaba paneles con escenas de las cartas tiradas que portaban una advertencia, o un consejo, para las personas. En la escritura usó lápiz; en el dibujo, un bolígrafo. Azul, de trazos gruesos, los fondos en carboncillo. Antes de irme de Cali, pasábamos las tardes tomando café bajo la canícula. En su conversación derivaba de la literatura hacia el Tarot, y viceversa. Yo, que fui filólogo, escuché cómo él describió minuciosamente la última lectura que hizo, diseccionando el sentido en el más estricto rigor gramatical. Después de soñar su muerte, el instinto de supervivencia lo alejó del Tarot, el dibujo y la escritura. También supe, de sus labios, que fue aceptación, aunque para ello haya tardado 18 años desde su partida y otro sueño, el de anoche, en que nos encontramos, y él, con una sonrisa en los labios, me contó su historia.


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