Liu Cixin, culpable

Requerido por el Partido Único, Liu Cixin (刘慈欣) anticipó su sentencia antes de ser proferida: dejaría de escribir por 15 años para asumir su reeducación con las cabezas más prominentes del partido; abandonaría toda comunicación con Occidente, incluso con sus compatriotas; su agente literario, traductores y colegas, al igual que su familia, no establecerían vínculos con él durante la sentencia; su esposa es hija, refractarias a leer sus novelas y cuentos, lo acompañarían al centro de rehabilitación y serían recluidas en celdas aisladas en cumplimiento de la pena. Esta vez, Occidente (es decir, su poderoso agente en Londres, con oficinas en Estados Unidos, y su sello editorial) no puso el grito en el cielo, como lo hizo con Salman Rushdie u otras figuras menores del establishment literario. ¿La razón? Aparte de las desgastantes tensiones que supone la defensa de las libertades, su correlato financiero no justificaba una labor de cabildeo y parasitarismo social. Además estaba claro que Liu reveló en su trilogía importantes detalles de la estrategia geopolítica de su país. Tanto su agente como su editor habrían advertido al escritor de su torpeza, pero éste, deslumbrado por el impacto mediático de Julian Assange, Edward Snowden y Chelsea Manning, había asumido que su aporte al zeitgeist sería determinante para un cambio global. «Una nueva revolución», le gritó a su mujer, embriagado en la redacción de las líneas finales de El Bosque Oscuro, segundo volumen de su superventas. Sin embargo, el impacto en caja no tradujo en acciones reales, lo que frustró a Liu, quien había medido su revelación en términos de ilustración y distribución viral de sus ideas. Cuando fue sometido a reeducación, en los archivos confiscados por el Partido Único se encontraron borradores panfletarios a favor del terraplanismo y la industria pornográfica nacional.


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