Renacimiento

El llamado fue perentorio.
Irrumpió, inesperadamente, mientras Xía danzaba. Al interior del túnel abierto en el centro de Bacatá, Sua confirmaba su pálpito con una noticia que cambiaría para siempre a la ciudad sedienta.

—¡Los mitos tenían razón!— Aullaba–Ven pronto para que tus ojos lo vean.

Xía besó la holografía. Era otro motivo para estar feliz. Hoy concluye el siglo XXI. Es la mañana del 31 de diciembre de 2099.

Los mitos describen a Bacatá como un emplazamiento generoso en agua y tierra, bendecido por el dios tutelar Bochica. Este magnífico lugar permitió a los Muiscas vivir en armonía durante siglos. Sin embargo, la industrialización transformó el emplazamiento en una ciudad caótica, aislada por el “domo”, una circunferencia de partículas contaminantes que impedía el paso de la luz.
A lo largo de décadas, las fuentes de agua fueron secadas para dar paso a moles de concreto, autopistas y pavimento. Para 2047, la aparición del “domo” –como era denominado por los citadinos– transformando la ciudad, obligando a ingenieros y arquitectos a extender la urbe por la sabana. Para 2060, las aguas que el padre Bochica había hecho emanar de la roca, desaparecieron.

Desde que Sua escuchó los mitos en el regazo de su madre supo que el destino de Bacatá era distinto. El agua y la naturaleza estaban aún entre los habitantes de la ciudad. Estaba convencida que la ciencia holista le permití encontrar el bienestar para todos. Estudió biología y se mudó al viejo centro para, con pasión de arqueóloga, encontrar la fuente de agua que los mitos narran como el origen.

En el camino, ella encontró el amor de su vida en Xía. Ambas compartían la fe del mito. Bacatá no podía cruzar el siglo aislada en el “domo”; Sua sonreía con intensidad solar. Xía danzaba con la fuerza de los elementos.

Los datos confirmaban la corazonada. De confirmar el origen de la fuente, el renacimiento sería la noticia de sus cortas vidas.

Xía elevó su mirada al cielo plomizo que enmarcaba su acristalado. Más allá estaba el sol. Ella recorrería la distancia que la separaba de Sua para celebrar en bondad y armonía el cambio de siglo. Se acercó al cono urbano de Bacatá con su deslizadora mientras prodigaba sonrisas de esperanza a los ocupantes del metro, largas caras resignadas, aún ajenas a la gran noticia. A lo lejos veía al “domo” que retenía en su interior a la esperanza.

“Sua estará feliz. Espero llegar pronto y abrazarla”, se dijo mientras adaptaba la máscara respiratoria que confiaba no usar de nuevo en los próximos años.

Miró de nuevo a los citadinos que esperaban las rutas de conexión a sus trabajos. Abrumados por la tristeza, nunca esperarían sentir el golpe del viento fresco y la caricia de una gota de agua.

Al activar su deslizadora, pensó en llegar cerca al epicentro y caminar unos cuantos metros para apreciar el paisaje urbano configurado por la sequía: extensiones de árboles semisecos, concreto alrededor, edificios muy altos pero desolados de una ciudad que conoció tiempos mejores.

Xía desactivó sus auriculares para recorrer la zona. Era casi la una. En su interior, recordó el sonido de los viejos ríos que Bochicá recorrió cuando fue al encuentro de sus hijos, los Muiscas. Sintió cerca, soterrado, el rumor que clamaba por renacer.

Volvió a su memoria las palabras que Sua pronunciaba cada noche después del amor. Eran historias del sol y luna, calmando el hambre, dando sosiego y calor, irrigando la tierra para que la humanidad creciera en paz.

Al llegar a la cavidad abierta, al lado del antiguo cerro tutelar, Xía cruzó las barreras de protección y descendió a la tierra mientras los citadinos aplaudían con fervor su aparición. El equipo de científicos de Sua celebraba en el túnel con una felicidad contagiosa, no vista hacía mucho en Bacatá.

—Lo hemos encontrado—Fue lo primero que escuchó de Sua antes de abrazarla.

De la mano, ambas se adentraron en el túnel. La tierra no era una masa informe de concreto, en su contacto era blanda y sus pies sentían la humedad.

La inconmensurable sonrisa de Xía acompañó a Sua en la senda de los antepasados.

Al final del túnel, el hilo de agua original, el mismo que Bachue había conocido, manaba entre la roca. En ese instante ambas descubrieron que el “domo” tenía sus días contados.

La vieja ciudad renacería, haciendo a un lado la tristeza gracias al agua y la luz que volverían desde el lugar en donde habían nacido.


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