Cigarrillos

Durante 25 años, H caminó el trayecto de vuelta a casa en 25 minutos o su equivalente en cigarrillos fumados, un total de 6, encendido cada uno con la colilla del anterior, sin pausa, sincronizados desde el momento en que cerraba la puerta del negocio hasta que golpeaba la de su casa, abierta por su esposa, Q, 12 años juntos, que lo esperaba para cenar un menú invariable y casi espartano de sopa, dos tajadas de pan para él, una taza de avena para ella y un café negro, sin azúcar, para él, su penúltimo, antes de pasar a la sala, encender el televisor, ver el noticiero y beber, esta vez sí, el último antes de las 12 de la noche, cuando subía las escaleras, lavaba sus dientes y dormía en el sofá frente a la cama de su mujer, con quien había llegado a un acuerdo amigable de separación e intimidad compartida que les reportaba a ambos la tranquilidad suficiente para coexistir sin afrentas o desengaños.

Cada mañana H regresaba al trabajo sin fumar un cigarrillo, con el aliento que la nicotina aún no le había arrebatado silbaba para acompañar el gorjeo de los pájaros o barruntaba para amplificar el crujir de las ramas contra el pavimento, mismo cuyas grietas conocía de memoria por más de dos décadas y que repasaba mentalmente mientras silbaba o barruntaba aunque, ocasionalmente, de esas mismas grietas surgía una que otra vocecilla que él disipaba elevando una nota o respirando más fuerte, con la creencia de que hacerlo le mantendría concentrado en las labores del día, que repetía sin césar desde que tenía memoria.

Su primer cigarrillo era a las 9 am, 25 minutos después encendía otro y así sucecivamente hasta la hora de almuerzo, cuando suspendía el hábito para enfocar su energía en el almuerzo espartano que su esposa cocinaba en casa (sopa, dos rebanadas de pan, un café negro), para retomarlo después de 25 minutos hasta el final de su inalterable jornada de trabajo: cuadrar las cuentas, ordenar las mercancías, bajar las cortinas, asegurar las puertas, en el mismo tiempo, sin interrupciones, metódicamente, un cigarrillo tras otro, H bajando la calle, ahora en silencio las grietas del pavimento, sin pájaros, las ramas barridas por el viento.

En ocasiones ocurría que H realizaba un mal movimiento y dejaba caer un cigarrillo en el pavimento. El accidente no detenía sus pasos, pero le forzaba a disminuir su ritmo para que los pitillos le duraran hasta medianoche. Sin embargo, esta vez no fue uno sino varios los que cayeron al suelo. Sorprendido por el accidente, hizo una relación de los cigarrillos que le faltaban para llegar a casa. La cifra le convenció de que si apuraba no llegaría con material hasta la puerta. Allá no guardaba reposiciones. La calle de luces apagadas y silencio posturbano era un infierno del que H no podría escapar con prontitud. Detenido, escuchó las voces de las grietas que cada mañana acallaba con sus silbidos. De lo que conversaron es mejor callar. H vio llover. Algunos conductores reportaron la anomalía. Coinciden en que el hombre miraba hacia los árboles con una mezcla de ironía y desilución: como si la presencia de esa luz celestial no fuera suficiente para paliar su angustia.


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